Un Hollywood Tropical en la Habana de los 50
Hubo un tiempo en que La Habana brillaba no solo por su vida cultural, sino también por su capacidad de abrazar la modernidad. Si alguna vez pensaste que los autocines eran un invento reservado para el Hollywood de los años dorados, te sorprenderá saber que la capital cubana también tuvo los suyos. Pantallas gigantes, sonido envolvente, aire acondicionado directo al auto y, sobre todo, una atmósfera de libertad e intimidad bajo las estrellas.
El Primer Autocine: Vento, 1955
El 10 de octubre de 1955 marcó el nacimiento del primer autocine cubano, ubicado en la Calzada de Vento. Diseñado para acomodar 800 automóviles, ofrecía una experiencia cinematográfica al aire libre, donde el coche no solo era transporte, sino también butaca y refugio. Por apenas 50 centavos, toda la familia podía disfrutar del séptimo arte desde la comodidad de su vehículo.
El autocine de Vento, sencillo en su arquitectura pero ingenioso en su funcionalidad, presentaba un pórtico de entrada de hormigón y una organización eficiente para estacionar y moverse entre los autos. Su principal atractivo era, sin duda, la modernidad: el sonido llegaba a través de bocinas individuales y el aire acondicionado subía por mangueras hasta las ventanillas, ahuyentando mosquitos y calor.
Más Allá de Vento: Tarará y Novia del Mediodía
El auge del automóvil en los años 50 trajo consigo otros dos autocines: el de la Marina Tarará y, el más recordado, La Novia del Mediodía, ambos inaugurados en 1958. Aunque de menor capacidad —alrededor de 500 autos cada uno—, su diseño estructural era aún más sofisticado, con pantallas de más de 36 metros de ancho y tecnología de punta para la época.
La Novia del Mediodía, ubicada entre la Avenida 51 y la Plaza del Mediodía, se volvió un lugar legendario, no solo por la calidad de sus proyecciones, sino por lo que representaba: modernidad, glamour y un espacio donde la intimidad tenía un lugar privilegiado. Para muchos jóvenes habaneros, era más que un cine: era el sitio donde el amor, la aventura y el cine se mezclaban bajo el cielo nocturno de Cuba.
Modernidad, Intimidad y Un Toque de Rebeldía
Los autocines habaneros eran mucho más que salas de cine al aire libre. Eran un símbolo de progreso y un espacio de libertad individual, algo revolucionario en una época donde la vida social solía estar muy vigilada. Para muchos, la película era solo el pretexto; lo verdaderamente importante era la oportunidad de compartir un momento íntimo, sin la mirada atenta del público, en un país que aún disfrutaba de un futuro abierto y promisorio.
El Fin del Sueño: Ideología y Ruinas
Todo cambió después de 1959. Con la llegada del régimen comunista, el automóvil, el confort y la privacidad pasaron a ser vistos como símbolos burgueses y enemigos ideológicos. Lo que fue una promesa de modernidad, tecnología y romanticismo fue desmantelado y condenado al olvido. A pesar de los reclamos populares para conservar los autocines, fueron demolidos y borrados del paisaje urbano. Para inicios de los 70, ya no quedaba ni rastro.
Autocines y Cines al Aire Libre: Un Legado Olvidado
Vale recordar que antes de los autocines existían ya en La Habana los cines al aire libre o “cines de verano”, adaptados a nuestro clima tropical desde 1909, como el Miramar Garden en Prado y Malecón, o el cine Mascota en El Vedado. Espacios que, aunque más sencillos, permitieron que generaciones enteras disfrutaran del cine bajo el cielo habanero.
Sin embargo, la llegada de los autocines fue el salto definitivo a la modernidad: infraestructura, tecnología, comodidad y hasta aire acondicionado para todos, algo inusual en la época incluso en ciudades del primer mundo.
¿Por Qué Recordar los Autocines?
La memoria de los autocines habaneros es más que nostalgia. Es testimonio de un país que fue moderno, abierto y capaz de soñar en grande. Habla de una Cuba que, lejos de la pobreza y el atraso actual, estaba a la vanguardia de América Latina en tecnología, cultura y formas de vida.
Olvidar estos espacios es negar nuestra historia y aceptar la versión mutilada de un pasado que fue, en muchos aspectos, más libre y moderno que el presente. Los autocines de La Habana, demolidos por prejuicio y dogma, siguen vivos en la memoria de quienes los vivieron, y deberían ser rescatados como símbolo de lo que alguna vez fuimos y de lo que podemos volver a ser.
La modernidad no está en el pasado, sino en la capacidad de un país para mirar hacia adelante sin miedo a su historia.







