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13 de marzo de 1957: la tarde en que La Habana explotó

Una ciudad que no sabía lo que venía

La Habana seguía moviéndose con normalidad aquella tarde del 13 de marzo de 1957. Las guaguas avanzaban por sus rutas habituales, los automóviles llenaban las calles del centro y cientos de personas caminaban entre comercios, oficinas y cafeterías alrededor del Palacio Presidencial. Algunos turistas observaban la ciudad desde los balcones de hoteles cercanos al Parque Central, mientras trabajadores terminaban su jornada sin imaginar que, en cuestión de minutos, el corazón político de Cuba se convertiría en un escenario de guerra.

Desde hacía años el gobierno de Fulgencio Batista enfrentaba una oposición cada vez más radicalizada. El golpe de Estado de 1952 había destruido la vía electoral y muchos jóvenes comenzaron a creer que la única salida posible era la lucha armada. Entre ellos se encontraba el Directorio Revolucionario, formado principalmente por estudiantes universitarios que veían imposible derrotar al régimen mediante protestas o elecciones.

Su plan era extremadamente ambicioso: entrar al Palacio Presidencial, matar a Batista y provocar una insurrección nacional inmediata.


El plan que dependía de minutos

La operación no consistía solamente en atacar el Palacio. Mientras un grupo armado intentaría localizar y ejecutar a Batista dentro del edificio presidencial, José Antonio Echeverría ocuparía Radio Reloj para anunciar al país que el dictador había muerto.

Todo dependía del efecto psicológico.

La idea era simple y peligrosa al mismo tiempo: si Cuba creía que Batista había sido eliminado, el gobierno podía derrumbarse rápidamente antes de reorganizarse. No era una estrategia basada en superioridad militar, sino en provocar un colapso político instantáneo.

Poco después de las tres de la tarde, varios vehículos comenzaron a acercarse al Palacio Presidencial. Entre ellos iba un camión de la empresa Fast Delivery utilizado para transportar parte del comando armado. En segundos comenzaron los primeros disparos.

La tranquilidad del centro de La Habana desapareció de golpe.


Las guaguas atrapadas entre las balas

Uno de los momentos más dramáticos y menos recordados ocurrió fuera del Palacio, en plena calle.

Mientras el comando intentaba entrar al edificio, varias guaguas seguían transitando normalmente por la zona. Un ómnibus de la ruta 14 quedó prácticamente atravesado entre los atacantes y la entrada del Palacio Presidencial. Desde la guarnición presidencial y desde vehículos del Servicio de Inteligencia Militar se interpretó que aquel autobús podía formar parte del ataque.

Entonces comenzaron a disparar directamente contra la guagua.

Los pasajeros se lanzaron al piso mientras los cristales explotaban y las balas atravesaban la carrocería. El chofer, José López Camino, recibió heridas devastadoras en órganos vitales y más tarde tuvieron que amputarle una pierna. Murió días después.

Dentro del ómnibus reinaba la desesperación. Personas heridas gritaban buscando protección mientras otros intentaban escapar hacia comercios cercanos. El conductor Alberto Triana Jiménez logró mover la guagua fuera de la línea de fuego, una maniobra que probablemente evitó una masacre mayor.

Aun así, uno de los pasajeros, Julián León, murió durante el tiroteo y más de una decena de personas resultaron heridas.

Otro autobús, de la ruta M-1, también fue alcanzado por disparos cerca de Chacón y Villegas. La pasajera Emilia Guerra Brito sufrió múltiples heridas y pasó semanas hospitalizada.

Aquella tarde, civiles comunes quedaron atrapados en medio de una batalla que no entendían.


El combate dentro del Palacio

Mientras eso ocurría en las calles, los atacantes lograron penetrar profundamente dentro del Palacio Presidencial. El intercambio de disparos era constante. Algunos miembros del comando consiguieron avanzar muy cerca de las zonas donde normalmente permanecía Batista.

Pero Batista no estaba exactamente donde los atacantes creían.

Las versiones posteriores indican que logró refugiarse en áreas interiores protegidas del edificio mientras la guarnición reaccionaba rápidamente. Los refuerzos militares comenzaron a rodear el Palacio y el plan empezó a desmoronarse.

Muchos de los atacantes quedaron aislados dentro del edificio sin posibilidad de retirada. Otros murieron intentando avanzar por los pasillos bajo fuego constante.

Lo que había sido concebido como un golpe rápido comenzaba a convertirse en una trampa mortal.


La voz que intentó anunciar el fin del régimen

Al mismo tiempo, José Antonio Echeverría llegaba a Radio Reloj.

Allí logró interrumpir la programación y anunciar que Batista había sido ejecutado. Aquella transmisión era el corazón político de toda la operación. Si el mensaje lograba extenderse por el país, podía provocar el caos dentro del gobierno y un levantamiento popular.

Pero la transmisión fue interrumpida rápidamente.

El mensaje no alcanzó a difundirse completamente y el país nunca llegó a creer de manera definitiva que Batista había muerto.

En ese momento, el plan prácticamente había fracasado.


La muerte de José Antonio Echeverría

Después de salir de Radio Reloj, José Antonio se dirigió hacia la Universidad de La Habana. La ciudad ya estaba llena de policías, patrullas y militares movilizados.

Cerca de la universidad, su automóvil fue interceptado y comenzó un intercambio de disparos. José Antonio Echeverría murió allí mismo con apenas 24 años.

Su muerte lo convirtió instantáneamente en uno de los símbolos más importantes de la lucha contra Batista, pero también marcó el colapso definitivo de la operación.


Los civiles olvidados del 13 de marzo

Con el paso del tiempo, gran parte de la memoria histórica sobre el 13 de marzo se concentró en el heroísmo político y estudiantil del ataque. Sin embargo, aquella tarde también dejó víctimas civiles completamente ajenas a la acción armada.

El procurador Manuel Bonada Ruiz murió tras recibir disparos cerca de la zona del combate. Otro civil, Asterio Enio Mesa de Armas, falleció cuando descendía de un automóvil en medio del caos.

También murió el turista estadounidense Peter Korenda, quien observaba los acontecimientos desde el balcón del Hotel Regis cuando fue alcanzado por un disparo en el cuello.

La Habana quedó convertida durante horas en una ciudad militarizada, llena de disparos, ambulancias, patrullas y miedo.


El fracaso militar y el impacto político

Militarmente, el asalto fracasó.

Batista sobrevivió.

La transmisión radial fue silenciada.

No ocurrió el levantamiento popular esperado.

Muchos de los atacantes murieron o fueron perseguidos posteriormente.

Sin embargo, el impacto político fue enorme. El ataque demostró que el gobierno podía ser vulnerado incluso en el centro del poder republicano. También mostró hasta qué punto la lucha contra Batista había escalado hacia métodos cada vez más violentos y desesperados.

Después del 13 de marzo la represión aumentó considerablemente y semanas más tarde ocurriría otro episodio brutal relacionado con aquellos hechos: la masacre de Humboldt 7.


La tarde en que la ciudad quedó atrapada

Décadas después, el 13 de marzo de 1957 sigue siendo uno de los episodios más intensos y controvertidos de la historia republicana cubana. Para algunos representa un acto de heroísmo revolucionario; para otros, una operación desesperada marcada por errores y consecuencias trágicas.

Pero más allá de la política, aquella tarde dejó una imagen difícil de olvidar: pasajeros tirados en el piso de una guagua atravesada por balas, turistas observando disparos desde hoteles y una ciudad que, durante varias horas, dejó de parecer una capital caribeña para convertirse en un campo de batalla.

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