Durante buena parte del siglo XX, numerosas marcas comerciales llegaron a integrarse de tal manera en la vida cotidiana de los cubanos que sus nombres terminaron sobreviviendo incluso a los propios productos. Uno de los ejemplos más curiosos es “fa”, palabra utilizada durante décadas en Cuba para referirse al detergente en polvo, independientemente de la marca que apareciera en el envase.
El origen de esta expresión se encuentra en FAB, una marca de detergente de la compañía estadounidense Colgate-Palmolive que alcanzó una importante presencia internacional y una particular popularidad en el mercado cubano. Su llegada coincidió con una etapa de transformación en los hábitos domésticos, cuando los detergentes sintéticos comenzaron a ganar espacio frente a los jabones tradicionales y las lavadoras eléctricas se incorporaban progresivamente a los hogares.
FAB no fue, por tanto, un producto exclusivamente cubano. Se comercializó en diferentes mercados y tuvo una presencia importante en América Latina y el Caribe. Sin embargo, en Cuba su nombre experimentó una transformación que terminó incorporándolo al vocabulario popular de una manera que trascendió a la propia marca.
Colgate-Palmolive y su presencia industrial en Cuba
La historia de FAB en la Isla está relacionada con Crusellas y Cía., una de las compañías más antiguas e importantes de la industria cubana de jabones, perfumería y productos de higiene. Fundada en La Habana en 1863, Crusellas desarrolló durante décadas numerosas marcas conocidas por los consumidores cubanos y llegó a ocupar una posición relevante dentro del mercado nacional.
En 1929, el control de Crusellas pasó a manos de Colgate-Palmolive-Peet Company, antecedente de la actual Colgate-Palmolive. La operación permitió a la compañía estadounidense ampliar su presencia en Cuba aprovechando una empresa que ya contaba con infraestructura, experiencia industrial y una extensa penetración comercial en el país.
La relación entre ambas compañías aparece documentada en Investment in Cuba, un amplio informe publicado en 1957 por el Departamento de Comercio de Estados Unidos para empresarios interesados en el mercado cubano. El estudio identificaba a Crusellas entre los principales fabricantes de jabón existentes en Cuba y señalaba expresamente que su control había sido adquirido por Colgate-Palmolive-Peet en 1929.
Esta presencia no se limitaba a la importación de productos terminados desde Estados Unidos. Colgate-Palmolive participaba directamente en una estructura industrial establecida dentro de Cuba, algo especialmente importante para comprender la posterior expansión de sus detergentes en el mercado nacional.
El nacimiento de Detergentes Cubanos S.A.
La década de 1950 marcó una nueva etapa para la industria de productos de limpieza en Cuba. Los detergentes sintéticos estaban adquiriendo cada vez mayor importancia y las principales compañías comenzaron a competir por un mercado que crecía junto con la modernización de los hogares.
En ese contexto apareció Detergentes Cubanos S.A., empresa vinculada a Crusellas y a los intereses de Colgate-Palmolive en el país. El informe del Departamento de Comercio estadounidense de 1957 señala que esta compañía comenzó la producción de detergentes en Cuba en 1952.
Este dato permite aclarar una confusión que aparece con frecuencia al contar la historia de FAB. El año 1952 no debe identificarse automáticamente como el nacimiento de la marca. FAB ya existía anteriormente en Estados Unidos. Lo que adquiere especial importancia para la historia cubana es que a comienzos de aquella década se estableció en la Isla una producción local de detergentes vinculada al grupo empresarial que comercializaba FAB.
La competencia era intensa. Procter & Gamble también había entrado en el mercado cubano y mantenía vínculos con Sabatés, otra histórica compañía nacional. Marcas de diferentes fabricantes comenzaron a disputarse un consumidor que estaba modificando progresivamente sus costumbres domésticas.

Detergentes, publicidad y nuevos hábitos de consumo
El crecimiento del detergente en Cuba formó parte de una transformación más amplia. Durante aquellos años se expandió el uso de electrodomésticos y las lavadoras eléctricas comenzaron a aparecer con mayor frecuencia en los hogares. El detergente sintético encontraba así condiciones favorables para convertirse en un producto habitual dentro de la vida doméstica.
La publicidad desempeñó también un papel fundamental. La Cuba de los años cincuenta poseía una industria publicitaria desarrollada, con campañas que utilizaban prensa, radio y televisión para introducir productos y fijar marcas en la memoria colectiva. Las compañías de jabones y detergentes participaron activamente en aquella competencia.
FAB fue una de esas marcas. Sus campañas destacaban cualidades relacionadas con la limpieza, la blancura y el aroma de la ropa, elementos habituales en la publicidad de detergentes de la época. La repetición del nombre en anuncios y establecimientos comerciales contribuyó a convertirlo en una referencia familiar para numerosos consumidores.
La combinación de producción, distribución y publicidad permitió que determinadas marcas dejaran de ser simplemente nombres impresos sobre un envase. Pasaron a integrarse en las conversaciones domésticas, en las listas de compras y en las expresiones utilizadas cotidianamente dentro de los hogares.
De la marca FAB al término popular “fa”
La transformación más duradera ocurrió precisamente en el lenguaje. En la pronunciación popular cubana, la consonante final de FAB terminó desapareciendo y el nombre comenzó a escucharse sencillamente como “fa”. Con el tiempo, aquella forma abreviada dejó de depender estrictamente de la marca que la había originado.
El fenómeno fue más allá de pedir específicamente una caja de FAB. “Fa” comenzó a utilizarse coloquialmente como una manera de referirse al detergente en polvo en general. Un producto podía pertenecer a otra marca y, aun así, ser identificado dentro de numerosos hogares cubanos con aquella misma palabra.
No existe una fecha concreta que permita determinar cuándo se produjo esta transformación lingüística. Las expresiones populares rara vez nacen mediante una decisión consciente o en un momento perfectamente documentado. Se extienden mediante el uso repetido hasta que una generación termina heredándolas de la anterior sin necesidad de conocer su procedencia.
En este caso, el proceso resulta especialmente significativo porque el nombre comercial terminó perdiendo incluso una de sus letras. FAB quedó convertido en “fa”, una palabra tan integrada en el habla cotidiana que para muchos cubanos dejó de tener cualquier relación aparente con una compañía estadounidense o con una antigua caja de detergente.
La desaparición de FAB y la supervivencia de “fa”
La estructura empresarial que había permitido el desarrollo de FAB en Cuba cambió radicalmente después de 1959. En 1960 fueron nacionalizadas numerosas compañías privadas, incluidas las propiedades cubanas vinculadas a Colgate-Palmolive. El modelo comercial y productivo en el que habían operado Crusellas y Detergentes Cubanos S.A. dejó de existir bajo las condiciones anteriores.
Las marcas disponibles para el consumidor cambiaron posteriormente y la economía cubana atravesó diferentes etapas de abastecimiento y escasez. FAB terminó desapareciendo del mercado cotidiano de la Isla, pero su desaparición comercial no significó la desaparición de la palabra que había dejado detrás.
“Fa” continuó transmitiéndose dentro de las familias cubanas y terminó llegando a generaciones que nunca habían conocido el producto original. La palabra sobrevivió tanto dentro de Cuba como entre cubanos establecidos en otros países, aunque su utilización ha variado naturalmente según la generación y el entorno familiar.
Esa permanencia convierte la historia de FAB en algo más que una curiosidad sobre una antigua marca de detergente. Es también un ejemplo de cómo la publicidad, el comercio y los hábitos de consumo pueden dejar rastros inesperados en el idioma. Las empresas desaparecen, los productos cambian y los envases dejan de existir, pero algunas palabras consiguen permanecer.
En el caso cubano, tres letras impresas originalmente sobre una caja terminaron reducidas a dos en el habla popular. FAB perteneció a una época determinada de la historia comercial de Cuba; “fa”, en cambio, consiguió sobrevivir mucho más allá de ella.







