Durante décadas, millones de cubanos crecieron viendo aquella enorme explanada asociada a discursos políticos, marchas oficiales y actos multitudinarios del poder. Sin embargo, la historia real de ese lugar comenzó mucho antes de 1959. Mucho antes incluso de que existiera la llamada “Plaza de la Revolución”. Su verdadero nombre era Plaza Cívica, y nació como uno de los proyectos urbanísticos más ambiciosos de la República de Cuba.
La idea original jamás fue crear un escenario para concentraciones políticas ni una plaza revolucionaria. El proyecto había sido concebido como el gran centro monumental de la nación cubana y como homenaje permanente a José Martí, en una época en que La Habana aspiraba a convertirse en una de las grandes capitales modernas de América.
El sueño de una capital monumental

En los años veinte, Cuba atravesaba un período de expansión urbana y crecimiento económico. La Habana comenzaba a modernizarse rápidamente y existía la intención de reorganizar la ciudad bajo criterios urbanísticos similares a los de París, Washington o Madrid.
En 1926 apareció una figura fundamental en esta historia: el urbanista francés Jean-Claude Nicolas Forestier. Contratado para rediseñar partes importantes de La Habana, Forestier propuso una transformación profunda de la ciudad. Entre sus ideas más ambiciosas surgió la creación de una gran plaza monumental sobre la llamada Loma de los Catalanes, un punto elevado desde donde pudiera organizarse visualmente buena parte de la capital.
La propuesta incluía avenidas monumentales, jardines, edificios públicos y un gran complejo cívico dedicado a José Martí. No era simplemente una plaza; era un proyecto de nación. Forestier imaginaba aquel espacio como el corazón administrativo y simbólico de la República cubana.plazacivica2
Sin embargo, el proyecto quedó estancado durante años. Cuba atravesaba crisis políticas, cambios de gobierno y dificultades económicas. La idea sobrevivió en planos, debates y maquetas, pero no terminaba de concretarse.
Los concursos que marcaron el proyecto
Uno de los aspectos más desconocidos de esta historia es que el monumento actual pasó por décadas de concursos, modificaciones y debates antes de comenzar a construirse.

Durante las décadas de 1930 y 1940 se organizaron varios concursos nacionales para decidir cómo debía levantarse el gran monumento a Martí y la futura Plaza Cívica. Hubo convocatorias en 1938, 1939 y finalmente un concurso definitivo en 1943. Arquitectos, escultores e ingenieros cubanos presentaron propuestas monumentales inspiradas tanto en el clasicismo europeo como en las nuevas tendencias del urbanismo moderno.
Algunos diseños recordaban enormes templos grecorromanos, mientras otros apostaban por líneas verticales y modernas que reflejaran la arquitectura del siglo XX. Cada propuesta intentaba definir cómo debía representarse visualmente la nación cubana y el legado martiano.

El concurso definitivo de 1943 otorgó el primer lugar al arquitecto Aquiles Maza y al escultor Juan José Sicre. Aquella propuesta era completamente distinta a la imagen actual de la plaza. El diseño ganador mostraba un conjunto mucho más clásico y ceremonial, inspirado en la arquitectura monumental europea.
El segundo lugar fue para los arquitectos Govantes y Cabarrocas. Mientras tanto, el tercer puesto correspondió al equipo encabezado por Enrique Luis Varela junto a Labatut, Otero, Tapia Ruano y el escultor Alexander Sambugnac.
Las bases del concurso establecían que el proyecto ganador debía ejecutarse oficialmente. Sin embargo, los acontecimientos posteriores terminarían cambiando el rumbo de la obra.
Batista retoma la Plaza Cívica
En 1952, Fulgencio Batista regresó al poder mediante el golpe de Estado del 10 de marzo. Poco después decidió rescatar el viejo proyecto de la Plaza Cívica con una intención muy concreta: terminarlo para 1953, año en que se celebraría el centenario del nacimiento de José Martí.
La construcción pasó entonces a convertirse en una prioridad nacional. Batista quería inaugurar una obra monumental que sirviera como símbolo del centenario martiano y también como demostración de modernidad para la República.
Las obras comenzaron oficialmente en 1953. La prensa de la época publicó fotografías de Batista inspeccionando personalmente la construcción y revisando avances junto a ingenieros y funcionarios. Para la Cuba de entonces, aquello representaba una obra gigantesca de ingeniería y urbanismo.
Se utilizaron cerca de diez mil toneladas de mármol, veinte mil metros cúbicos de hormigón y decenas de miles de quintales de acero. El proyecto movilizó enormes recursos económicos y humanos en una escala pocas veces vista en la isla.
La torre del monumento alcanzó más de cien metros de altura y se convirtió en el punto más elevado de La Habana. Su estructura en forma de estrella de cinco puntas fue diseñada para que pudiera observarse desde distintos puntos de la ciudad, reforzando el carácter monumental del complejo.
Abajo se colocó la gigantesca estatua sedente de José Martí, tallada en mármol de Isla de Pinos. La figura representaba a Martí sentado en actitud meditativa y reflexiva, alejada del tono militarista que predominaba en muchos monumentos políticos de la época.
El proyecto definitivo y la polémica arquitectónica
Aunque el concurso de 1943 ya había definido un ganador oficial, el proyecto finalmente construido no fue exactamente el que había obtenido el primer lugar.

Batista terminó inclinándose por el diseño que había quedado en tercer puesto, encabezado por Enrique Luis Varela. La decisión provocó fuertes críticas dentro del mundo arquitectónico cubano. Varios especialistas y miembros del Colegio Nacional de Arquitectos consideraron que se estaban violando las bases oficiales del concurso.
La prensa republicana debatió ampliamente el tema. Algunos defendían la verticalidad moderna del proyecto finalmente escogido, mientras otros consideraban que el diseño original poseía mayor solemnidad para un monumento dedicado a Martí.
Paradójicamente, el escultor Juan José Sicre, quien había participado en el proyecto ganador original, terminó realizando la enorme estatua de Martí que hoy domina la plaza. Su obra se convirtió en una de las esculturas más reconocibles de Cuba.
La construcción de la nueva Plaza republicana
A medida que avanzaban las obras durante los años cincuenta, el entorno comenzó a transformarse en el nuevo centro institucional de la República.
Alrededor de la Plaza Cívica surgieron edificios públicos, ministerios y espacios culturales como el Teatro Nacional y la Biblioteca Nacional José Martí. La intención original era trasladar parte del centro político y administrativo de La Habana hacia aquella nueva zona monumental.
La plaza fue concebida como un espacio cívico nacional, dedicado a Martí y al proyecto republicano cubano. Su diseño buscaba representar modernidad, institucionalidad y grandeza urbana en una época en que Cuba intentaba proyectarse internacionalmente como una nación moderna.
El cambio después de 1959
Cuando triunfó la Revolución en 1959, la Plaza Cívica ya existía físicamente casi completa. Ni la explanada ni el monumento fueron construidos por el nuevo régimen, aunque con el tiempo terminarían completamente asociados a él.
A partir de los años sesenta, el espacio comenzó a utilizarse como escenario principal de actos políticos masivos, desfiles y discursos de Fidel Castro. Poco a poco, el nombre original empezó a desaparecer del lenguaje cotidiano.
La Plaza Cívica pasó oficialmente a llamarse Plaza de la Revolución José Martí.
Con el paso de las décadas, varias generaciones crecieron identificando aquel lugar principalmente con la iconografía política revolucionaria y no con el proyecto republicano y urbanístico que le había dado origen décadas antes.
Sin embargo, detrás de aquella enorme explanada y del monumento más famoso de Cuba, permanece todavía la historia de arquitectos, escultores, ingenieros y urbanistas que soñaron construir en La Habana un gran centro cívico nacional dedicado a José Martí y a la idea de una Cuba moderna.





