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Pablo Hernández, el Ciego de los Pasitos

a historia de las guerras de independencia de Cuba está llena de nombres convertidos en símbolos nacionales. Máximo Gómez, Antonio Maceo, Serafín Sánchez y tantos otros ocupan un lugar destacado en la memoria del país. Pero entre aquellos grandes jefes también combatieron hombres cuyas historias, pese a ser extraordinarias, terminaron prácticamente sepultadas por el tiempo.

Uno de ellos fue Pablo Hernández, el mambí que pasó a ser conocido como “el Ciego de los Pasitos”.

Su sobrenombre no fue una creación posterior. Décadas después de terminada la guerra, documentos y periódicos todavía se referían a Pablo Hernández de esa manera. Incluso cuando antiguos generales del Ejército Libertador gestionaron ayuda económica para él, la prensa asumía que sus lectores sabían quién era aquel veterano al mencionar simplemente al “Ciego de los Pasitos”.

Los Pasitos: una batalla en Las Villas

En el verano de 1895 la guerra independentista volvía a extenderse por Las Villas. Serafín Sánchez había regresado a Cuba en la expedición que desembarcó en Tayabacoa el 24 de julio y comenzó rápidamente las operaciones militares en la región. Entre sus primeras acciones estuvieron el ataque a Taguasco y, poco después, el combate de Los Pasitos. Enrique Loynaz del Castillo, entonces jefe del Estado Mayor de Serafín, participó en aquellas operaciones.

Una referencia particularmente interesante aparece en el periódico revolucionario Patria. En octubre de 1895 describió la acción de Los Pasitos como un serio enfrentamiento para las tropas españolas. Según aquella crónica, el combate comenzó alrededor de las diez de la mañana y se prolongó hasta aproximadamente las dos de la tarde. Las fuerzas españolas terminaron retirándose hacia Sancti Spíritus mientras mantenían su formación defensiva.

Fue en aquella acción donde el destino de Pablo Hernández cambió para siempre.

La bala que lo dejó ciego

Las referencias históricas coinciden en el elemento esencial de la historia: Pablo Hernández recibió durante un combate un disparo que le hizo perder la vista. Una publicación médica de la época lo describió como un valiente capitán del Ejército Libertador al que una bala enemiga privó de la visión y explicó que su sobrenombre recordaba precisamente el lugar donde había ocurrido la acción: Los Pasitos.

La tradición histórica sobre Pablo ofrece una descripción mucho más dramática. Según esas narraciones, el proyectil habría atravesado la región de los ojos y destruido su visión de manera inmediata. Algunas versiones llegan a describir cómo el propio Pablo se retiró con la mano los restos lesionados de sus ojos.

Este último detalle debe tratarse con cierta prudencia, porque no he encontrado una fuente primaria contemporánea al combate que permita comprobar con seguridad esa descripción anatómica exacta. Lo que sí puede afirmarse con mucha mayor seguridad es que una bala enemiga lo dejó ciego durante la acción que dio origen a su célebre sobrenombre.

Un hombre que no quería dejar de combatir

Aquí comienza la parte que convirtió la historia de Pablo Hernández en una de las anécdotas más extraordinarias asociadas al mambisado.

Las versiones conservadas sobre aquel día cuentan que, después de quedar ciego y mientras sus compañeros intentaban auxiliarlo, Pablo se negó inicialmente a considerarse fuera de combate. Habría pedido que orientaran correctamente su rifle hacia las posiciones españolas para continuar disparando hasta terminar sus municiones.

A ese episodio se atribuye también una frase que posteriormente quedó ligada a su figura: “Ciego estoy, pero no hay novedad. ¡Viva Cuba! Y a ellos, que ya es hora de dar machete”.

Son palabras poderosas, pero conviene distinguir entre historia documental y tradición narrativa. La pérdida de la visión de Pablo en Los Pasitos está respaldada por referencias históricas; la formulación exacta de estas frases resulta mucho más difícil de acreditar palabra por palabra.

Lo significativo es que la fama de aquel mambí ciego sobrevivió a la guerra. Una memoria publicada posteriormente por la Biblioteca Nacional llegó a utilizarlo como ejemplo de alguien que, pese a no poder ver, permaneció vinculado a la lucha.

Serafín Sánchez y el mambí herido

La tradición también sitúa a Serafín Sánchez ante Pablo después de la terrible herida. Según el relato transmitido posteriormente, el general quedó profundamente impresionado al contemplar el estado del soldado.

Y entonces ocurre una inversión extraordinaria de los papeles: habría sido el propio herido quien intentó tranquilizar al general.

A Pablo se le atribuye una respuesta cuyo sentido era que no todos podían atravesar aquella guerra sin resultar heridos: “Nada, general, que me han cegado; no podíamos salir ilesos todos”.

Como ocurre con otras expresiones vinculadas a este episodio, resulta más prudente considerarla una frase transmitida por la tradición mientras no aparezca un documento contemporáneo que reproduzca literalmente aquella conversación.

“Déjenme volver a cargar”

Pablo sobrevivió a sus heridas, pero había quedado condenado a vivir sin visión. Para cualquier soldado del siglo XIX aquello parecía significar el final inevitable de su participación militar.

Según los relatos sobre su vida, Pablo se negó a aceptarlo.

Cuando comenzaron a plantearle la posibilidad de abandonar definitivamente el Ejército Libertador, habría propuesto algo que parece salido de una novela: regresar al combate montado a caballo.

Su razonamiento era brutalmente sencillo. Él todavía sabía montar. Solo necesitaba que sus compañeros orientaran el caballo hacia las fuerzas españolas. Como el enemigo desconocería que aquel jinete era ciego, concentraría sobre él parte de sus disparos, permitiendo que los demás mambises aprovecharan la distracción.

A Pablo se le atribuyen palabras en este sentido: “Yo soy un hombre inútil para siempre, lo sé, pero déjenme volver a cargar. Yo sé montar; lo único que necesito es que me enderecen el caballo en dirección de los españoles”.

La propuesta revela por qué su historia sobrevivió durante generaciones. No era solamente un soldado que había quedado ciego: era recordado como un hombre que, después de perder la vista, todavía buscaba una manera de continuar siendo útil en la guerra.

Su historia llegó hasta Máximo Gómez

La extraordinaria historia del Ciego de los Pasitos terminó trascendiendo el lugar donde había ocurrido la tragedia.

Según las narraciones conservadas sobre Pablo Hernández, su comportamiento llegó a conocimiento del generalísimo Máximo Gómez, quien quiso conocer personalmente a aquel combatiente que, incluso después de perder la visión, se resistía a abandonar la guerra.

Ese detalle contribuyó todavía más a construir la leyenda alrededor de Pablo. En un ejército lleno de hombres que habían realizado enormes sacrificios, aquel mambí había conseguido llamar la atención por una circunstancia excepcional: había perdido uno de los sentidos fundamentales para cualquier combatiente y, aun así, insistía en permanecer junto a sus compañeros.

Del capitán al coronel Pablo Hernández

Existe además un detalle documental interesante. Una fuente médica que recuerda su caso se refiere a él como capitán del Ejército Libertador. Sin embargo, documentación republicana posterior lo identifica como coronel Pablo Hernández. Esto indica que las referencias conservadas corresponden a momentos diferentes de su trayectoria y que su figura siguió siendo reconocida después de la independencia.

Su situación después de la guerra, sin embargo, distó mucho de ser gloriosa.

Una fuente médica conserva un episodio especialmente revelador. Ya convertido en veterano inválido, Pablo acudió a una dependencia de Higiene buscando ayuda entre antiguos compañeros de armas. Allí unas mujeres sometidas a las revisiones sanitarias reglamentarias conocieron su precaria situación y reunieron espontáneamente cuatro pesos para entregárselos. Incluso propusieron instalar una alcancía para continuar ayudándolo.

La escena resulta paradójica: un hombre que había perdido la visión durante la guerra por la independencia necesitaba años después de la solidaridad de desconocidos para aliviar su situación económica.

Sus antiguos compañeros no lo olvidaron

Pablo tampoco quedó completamente abandonado por quienes habían combatido junto a él.

La prensa republicana documentó que Enrique Loynaz del Castillo y Fermín Valdés Domínguez solicitaron al gobernador provisional una pensión mensual de treinta pesos para el “Ciego de los Pasitos”. La información periodística señala que la petición fue concedida.

En otro momento, Loynaz del Castillo presentó ante la Cámara una solicitud para conceder una pensión al “coronel Pablo Hernández conocido por el nombre del Ciego de los Pasitos”. El general Enrique Collazo intervino también en favor de aquella petición.

Esos documentos son particularmente importantes porque sacan a Pablo del terreno exclusivo de la leyenda. El hombre existió, su sobrenombre existió, su ceguera de guerra era conocida y antiguos generales del Ejército Libertador reclamaron públicamente que la República atendiera al veterano.

El Ciego de los Pasitos

No todos los protagonistas de la independencia terminaron convertidos en estatuas, nombres de avenidas o capítulos extensos de los libros de historia. Algunos sobrevivieron principalmente en anécdotas, viejas fotografías y unas cuantas líneas dispersas en periódicos y documentos.

Pablo Hernández fue uno de ellos.

La historia oral pudo engrandecer determinados detalles y transformar algunas de sus palabras en frases casi legendarias. Eso ocurre con frecuencia cuando una acción extraordinaria pasa de generación en generación. Pero detrás de esas posibles ornamentaciones permanece un núcleo histórico difícil de ignorar: un oficial mambí recibió una bala en combate, quedó ciego en Los Pasitos y su historia fue lo suficientemente memorable como para que durante décadas Cuba siguiera conociéndolo simplemente como “el Ciego de los Pasitos”.

Su historia representa además a miles de hombres menos conocidos que participaron en las guerras cubanas. No todos fueron generales ni quedaron inmortalizados en monumentos.

Pablo Hernández perdió la vista peleando por Cuba y, según quedó grabado en la memoria de quienes contaron su historia, lo que más le costó aceptar no fue haberse quedado ciego, sino la posibilidad de no poder seguir combatiendo.

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