A comienzos del siglo XX, cuando los Juegos Olímpicos modernos apenas comenzaban a consolidarse y la esgrima estaba dominada por las grandes escuelas europeas, un adolescente nacido en La Habana consiguió abrir un capítulo completamente nuevo para el deporte cubano y latinoamericano. Su nombre era Ramón Fonst Segundo.
Fonst no fue solamente el primer campeón olímpico de Cuba. Su triunfo en París 1900 lo situó como el primer campeón olímpico de América Latina, y lo consiguió cuando todavía tenía 16 años. Aquel resultado fue el comienzo de una carrera extraordinaria que terminaría acumulando cuatro medallas de oro y una de plata en Juegos Olímpicos.
Su historia, sin embargo, va mucho más allá de las medallas. Fue un esgrimista zurdo de características poco comunes, practicó otros deportes, mantuvo una carrera competitiva durante varias décadas y vivió en una época en la que la esgrima todavía estaba estrechamente relacionada con conceptos como el honor personal y los desafíos a duelo. De ahí surgieron algunas de las historias más curiosas que acompañaron su nombre.

De La Habana a las salas de armas francesas
Ramón Fonst Segundo nació en La Habana el 31 de agosto de 1883. Durante su infancia su familia se trasladó a Francia, un cambio que resultaría fundamental para su futuro. Si hubiera permanecido alejado de los grandes centros europeos de la esgrima, probablemente su carrera habría seguido un camino muy diferente.
Francia era entonces una de las grandes potencias mundiales de este deporte. Las salas de armas eran lugares donde se transmitían técnicas desarrolladas durante generaciones y donde entrenaban maestros, militares, aristócratas y competidores. Fonst creció precisamente dentro de ese ambiente.
La afición tampoco era extraña dentro de su familia. Su padre practicaba esgrima y tiro, por lo que Ramón comenzó desde muy joven a familiarizarse con las armas deportivas. Su progreso terminó siendo extraordinariamente rápido.
Las biografías tradicionales sobre Fonst señalan que alrededor de los 11 años ya había alcanzado un campeonato francés de florete. Es un dato que se ha repetido durante décadas, aunque la documentación disponible sobre aquellas competencias juveniles del siglo XIX es considerablemente menor que la existente para sus posteriores actuaciones internacionales.
Lo verdaderamente evidente es que Fonst recibió una formación francesa de primer nivel y que, siendo todavía adolescente, estaba preparado para competir contra hombres considerablemente mayores y más experimentados.
Un zurdo difícil de enfrentar
Fonst poseía varias características físicas que favorecían enormemente su manera de combatir. Alcanzó aproximadamente 1,83 metros de estatura, era delgado, atlético y tenía brazos largos. Para un esgrimista de finales del siglo XIX y comienzos del XX, aquella combinación podía convertirse en una ventaja considerable.
A eso se añadía otro elemento: era zurdo.
Un adversario acostumbrado a enfrentarse mayoritariamente con tiradores derechos encontraba frente a Fonst ángulos, distancias y movimientos diferentes. El cubano aprendió a aprovechar esa particularidad junto con su alcance para mantener una distancia incómoda y responder rápidamente a los ataques.
Pero su éxito no puede explicarse simplemente por su físico. Fonst se había formado técnicamente en Francia y había aprendido a competir dentro de una de las escuelas más exigentes del momento. Su velocidad, coordinación, resistencia y capacidad para anticipar al adversario completaban el conjunto.
Por eso uno de sus sobrenombres terminó siendo simplemente “El Zurdo”.
El otro sería mucho más memorable.
París 1900 y un cubano de solamente 16 años
Cuando Ramón Fonst llegó a los Juegos Olímpicos de París de 1900 todavía no había cumplido 17 años. Su cumpleaños era el 31 de agosto y la competición de espada se desarrolló durante junio.
Los Juegos de aquella época eran muy diferentes a los actuales. París 1900 estuvo estrechamente relacionado con la Exposición Universal y numerosas competencias se desarrollaron dentro de aquel enorme acontecimiento internacional. Incluso la propia identidad olímpica de algunas pruebas no resultaba tan evidente para los participantes como ocurriría décadas después.
La espada individual reunió a más de cien competidores. La inmensa mayoría procedía de Francia, algo perfectamente comprensible considerando dónde se desarrollaba la competencia y la importancia que tenía la esgrima en ese país.
Fonst estaba, por tanto, prácticamente jugando como visitante dentro del territorio de una de las principales potencias mundiales de su deporte.
Y comenzó a avanzar.
Superó las diferentes fases hasta llegar a la ronda decisiva. Allí terminó igualado con el francés Louis Perrée, lo que obligó a celebrar un enfrentamiento adicional para determinar quién sería el campeón.
La definición tuvo momentos controvertidos. Hubo acciones reclamadas por ambos lados que los jueces no concedieron. Finalmente Fonst consiguió el toque decisivo.
Tenía 16 años y acababa de ganar el oro olímpico.

El primer campeón olímpico de Cuba e Hispanoamérica
El significado histórico de aquella victoria probablemente resultaba difícil de dimensionar en 1900.
Cuba acababa de salir del dominio colonial español y todavía se encontraba bajo la ocupación estadounidense. La República ni siquiera sería establecida formalmente hasta 1902. Sin embargo, Fonst aparece reconocido olímpicamente como representante cubano.
Con su victoria se convirtió en el primer medallista olímpico de Cuba y, directamente, en su primer campeón. Al mismo tiempo, aquel adolescente habanero se convertía en el primer campeón olímpico procedente de América Latina.
Y París todavía no había terminado para él.
Fonst participó además en una peculiar competencia que enfrentaba a los mejores amateurs con maestros profesionales. En aquella época la esgrima conservaba una distinción muy marcada entre quienes competían como aficionados y los maestros que vivían profesionalmente de enseñar y practicar el deporte.
El joven cubano consiguió imponerse a casi todos.
Solamente Albert Ayat logró superarlo. Fonst terminó segundo y obtuvo una medalla de plata.
La ironía histórica resulta inevitable: el hombre que terminaría siendo conocido como “El Nunca Segundo” sí fue segundo aquella vez. Pero hacerlo siendo un adolescente frente a algunos de los maestros más experimentados de Europa difícilmente podía considerarse un fracaso.
París 1900 terminaba para él con un oro y una plata.
De Segundo a “El Nunca Segundo”
Su apellido materno era Segundo, pero sus constantes victorias terminaron provocando un juego de palabras perfecto.
Ramón Fonst Segundo comenzó a ser llamado “El Nunca Segundo”.
El sobrenombre sobrevivió porque resumía muy bien la imagen deportiva que proyectaba. Fonst parecía entrar en las competencias para ganarlas, y cuatro años después de París tendría la oportunidad de demostrar que su primera actuación olímpica no había sido producto de la casualidad.
Esta vez el escenario estaría en Estados Unidos.
San Luis 1904 y la confirmación definitiva
En 1904 los Juegos Olímpicos se celebraron en San Luis, Misuri, nuevamente relacionados con una gran exposición internacional.
Fonst llegó con una situación completamente diferente. Ya no era simplemente el adolescente desconocido que aparecía frente a los maestros europeos. Era campeón olímpico.
Y su actuación resultó todavía más impresionante.
Ganó la espada individual. Ganó también el florete individual y formó parte del equipo vencedor en florete por equipos.
Tres títulos olímpicos en una misma edición.
Especialmente contundente fue su recorrido en florete individual. Fonst terminó invicto, ganando todos sus enfrentamientos desde las primeras rondas hasta la final.
Cuando terminó San Luis, su balance acumulado entre sus dos participaciones olímpicas era extraordinario: cuatro medallas de oro y una de plata.
Cinco medallas olímpicas obtenidas cuando todavía tenía solamente 21 años.
El esgrimista al que casi no podían tocar
Una parte importante de la leyenda deportiva de Fonst surgió de su extraordinaria capacidad para evitar los ataques contrarios.
Las fuentes históricas cubanas recogen diferentes rachas en las que habría conseguido disputar más de veinte asaltos consecutivos sin recibir un solo toque. Algunas versiones hablan de 24 y otras elevan posteriormente la cifra hasta 25.
Las estadísticas de determinadas competencias de aquella época no permiten reconstruir cada acción con la precisión de un evento deportivo moderno, por lo que es prudente no convertir todas esas cifras en verdades matemáticas incontestables. Sin embargo, la repetición de la historia en diferentes reconstrucciones deportivas refleja algo que sí caracterizó claramente a Fonst: su extraordinaria defensa.
Su alcance contribuía a ello. También su condición de zurdo y su dominio de la distancia.
El adversario tenía que entrar en una zona peligrosa para intentar tocarlo, porque mientras buscaba reducir la distancia podía quedar dentro del alcance de la espada de Fonst.
Era precisamente ahí donde el cubano resultaba devastador.
Cuando el propio Fonst corregía a los jueces
La esgrima de principios del siglo XX tampoco contaba con los sistemas electrónicos que actualmente permiten registrar los toques.
Los jueces tenían una responsabilidad mucho mayor y podían producirse acciones difíciles de apreciar. Esto generaba inevitablemente controversias.
Una de las historias que acompañó durante años la reputación de Fonst sostiene que, cuando un adversario conseguía tocarlo y los jueces no lo advertían, él mismo reconocía el punto.
No era solamente una cuestión deportiva.
La esgrima todavía conservaba una cultura profundamente relacionada con el concepto de caballerosidad. Para Fonst, admitir que había sido tocado formaba parte de una manera de entender el deporte en la que ganar mediante una decisión incorrecta podía resultar menos honorable que aceptar limpiamente una acción del contrario.
Ese concepto del honor también tendría consecuencias fuera de las competencias.
Fonst y sus más de cien desafíos a duelo
Uno de los episodios más sorprendentes de su vida apareció en declaraciones realizadas por el propio Fonst cuando ya era un hombre mayor.
Aseguró haber retado a duelo a más de cien personas.
La frase puede provocar una imagen equivocada. No significa que Fonst combatiera cien duelos ni que fuera dejando adversarios heridos por Europa y América.
Un desafío de honor funcionaba de otra manera.
Cuando una persona consideraba gravemente dañada su reputación podía nombrar representantes, conocidos tradicionalmente como padrinos, para que se comunicaran con la persona responsable de la ofensa. Los representantes discutían las condiciones y, antes de llegar a un enfrentamiento, existía la posibilidad de resolver la cuestión mediante explicaciones o una retractación.
Fonst aseguró haber enviado desafíos durante sus estancias en varios países europeos, Estados Unidos y Cuba.
Pero existía un problema bastante comprensible.
Había que aceptar enfrentarse con Ramón Fonst.
Y Ramón Fonst era uno de los mejores espadachines del mundo.
Casi todos preferían disculparse
La enorme cantidad de desafíos atribuida a Fonst contrasta con el número de duelos que realmente llegaron a celebrarse.
Según sus propios recuerdos, casi todos terminaban antes.
Algunos hombres explicaban lo que habían querido decir. Otros se retractaban. En determinadas ocasiones las diferencias quedaban solucionadas mediante los padrinos.
La reputación del cubano seguramente tampoco ayudaba a encontrar voluntarios. Una cosa era realizar una declaración ofensiva y otra muy distinta mantenerla cuando la consecuencia podía ser presentarse frente a un campeón olímpico con un arma en la mano.
Fonst llegó a afirmar que, entre aquella enorme cantidad de desafíos, solamente un hombre aceptó realmente llegar al campo del honor.
Ese hombre fue José María Rivas.
El hombre que sí aceptó enfrentarse con Fonst
José María Rivas era maestro de armas, por lo que tampoco se trataba precisamente de un improvisado.
Las reconstrucciones existentes presentan algunas diferencias respecto al origen exacto de la disputa. La versión más conocida sitúa a ambos hombres conversando sobre cuestiones técnicas de esgrima cuando un comentario fue interpretado por Fonst como ofensivo.
La cuestión terminó siguiendo los códigos de honor de la época.
Esta vez el contrario no retrocedió.
Rivas aceptó.
Ambos comparecieron para el enfrentamiento y comenzó el lance, pero el duelo tuvo una duración muy breve. El juez de campo intervino y se llegó a una solución mediante las satisfacciones correspondientes.
Rivas las ofreció.
Fonst las aceptó.
Los dos terminaron reconciliándose.
Por tanto, detrás de la espectacular historia de los cien duelos existe una realidad mucho más interesante: Fonst afirmaba haber realizado más de cien desafíos, pero no haberse batido cien veces. La inmensa mayoría de aquellas cuestiones de honor terminó precisamente mediante el mecanismo diseñado para evitar llegar hasta las últimas consecuencias.
El desafío público contra MacGuire
Otro episodio de la vida de Fonst suele mezclarse con sus duelos, aunque parece haber tenido un carácter diferente.
Las reconstrucciones biográficas cubanas cuentan que un esgrimista estadounidense identificado como A. J. MacGuire realizó comentarios despectivos sobre la calidad de los esgrimistas cubanos.
Fonst decidió responder en el terreno que mejor dominaba.
Aceptó enfrentarse con él.
El acontecimiento despertó suficiente interés como para atraer público y convertirse en un espectáculo. La recaudación quedaría para el vencedor.
Fonst terminó imponiéndose.
La tradición sobre el episodio añade un detalle que encaja perfectamente con la imagen pública que dejó el campeón: habría decidido entregar el dinero obtenido a una organización relacionada con los huérfanos de las guerras independentistas cubanas.
A diferencia del enfrentamiento con Rivas, este episodio debe entenderse fundamentalmente como un desafío deportivo de esgrima y no necesariamente como un duelo de honor.
Esgrima, pistola, bicicleta y boxeo francés
Fonst tampoco limitó sus capacidades deportivas a una sola disciplina.
Practicó seriamente el tiro con pistola, algo que nuevamente tenía antecedentes familiares. También compitió en ciclismo y practicó boxeo francés, disciplina conocida posteriormente de manera más amplia como savate.
Las biografías deportivas le atribuyen una sorprendente cantidad de premios en tiro y otras competencias durante los primeros años del siglo XX. Las cifras exactas cambian dependiendo de la fuente, pero existe coincidencia en presentarlo como un deportista extraordinariamente versátil.
Esta característica tampoco era completamente excepcional para su época. El deporte estaba mucho menos especializado y algunos atletas podían competir en disciplinas muy diferentes.
Lo extraordinario en Fonst era hacerlo manteniendo simultáneamente un nivel internacional de élite en la esgrima.
Veinte años después regresó a los Juegos Olímpicos
Después de San Luis 1904 podría parecer que la historia olímpica de Fonst había terminado.
No fue así.
Veinte años después regresó a París para participar en los Juegos Olímpicos de 1924.
El escenario tenía un simbolismo extraordinario. Fonst regresaba a la misma ciudad donde había conquistado su primer oro siendo adolescente, pero ahora tenía 40 años.
El mundo había cambiado completamente durante aquellas dos décadas. Europa había atravesado la Primera Guerra Mundial, los Juegos Olímpicos habían adquirido una estructura mucho más definida y una nueva generación de esgrimistas ocupaba las pistas.
Fonst volvió a competir entre ellos.
No consiguió aumentar su colección de medallas olímpicas, pero su presencia demostraba la extraordinaria longevidad de su carrera.
A los 55 años todavía podía ganar
Su última etapa competitiva resulta quizás todavía más sorprendente.
Fonst participó durante años en los Juegos Centroamericanos y del Caribe y acumuló nuevos títulos para Cuba.
En 1938 llegó a Panamá con 55 años.
Para entonces habían transcurrido casi cuatro décadas desde aquel París de 1900.
Y todavía consiguió subir al podio.
Formó parte del equipo cubano que ganó en espada, prolongando una trayectoria deportiva que había comenzado cuando la mayoría de sus últimos adversarios ni siquiera habían nacido.
Muy pocos atletas pueden presentar una carrera competitiva de semejante duración.
De campeón olímpico a dirigente
El retiro de las grandes competencias no significó el abandono del deporte.
Fonst pasó posteriormente a desempeñar funciones administrativas y llegó a presidir el Comité Olímpico Cubano entre 1941 y 1946.
Su relación con el deporte cubano había completado así prácticamente todas las etapas posibles. Había comenzado como niño practicante, se había convertido en campeón internacional, había representado a Cuba durante décadas y finalmente pasó a ocupar responsabilidades dirigentes.
También recibió diferentes reconocimientos a lo largo de su vida, tanto dentro como fuera de Cuba. Su formación francesa y su prestigio internacional hicieron que su nombre fuera conocido mucho más allá del ambiente deportivo cubano.
Una vida que atravesó varias épocas del deporte
Ramón Fonst murió en La Habana el 10 de septiembre de 1959, pocos días después de cumplir 76 años.
Su vida había acompañado prácticamente el nacimiento y desarrollo inicial del deporte olímpico moderno.
Cuando ganó en París en 1900, los Juegos Olímpicos apenas estaban celebrando su segunda edición y muchas de sus estructuras actuales todavía no existían. Cuando murió, el movimiento olímpico ya se había transformado en un acontecimiento deportivo verdaderamente mundial.
Fonst había sido parte de ese proceso desde sus comienzos.
Pero su importancia para Cuba y América Latina resulta todavía mayor.
Antes de las grandes generaciones de campeones olímpicos latinoamericanos, un muchacho habanero de 16 años llegó a París y consiguió derrotar a algunos de los mejores representantes de una disciplina profundamente europea.
Después regresó y volvió a ganar.
Y volvió a hacerlo.
Cuatro oros, una plata, varias décadas compitiendo y una colección de historias que terminó convirtiéndolo en una figura que se mueve constantemente entre el deportista histórico y el personaje legendario.
Quizás por eso aquel juego de palabras con su apellido sobrevivió durante más de un siglo.
Se llamaba Ramón Fonst Segundo.
Pero la historia terminó recordándolo como “El Nunca Segundo”







