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El Águila Negra: el guajiro que convirtió el engaño en una carrera internacional

Mucho antes de que las grandes estafas internacionales pudieran organizarse desde una computadora o mediante identidades digitales falsas, un cubano nacido en un pequeño poblado de Holguín consiguió recorrer medio mundo convirtiéndose, según la ocasión, en abogado, diplomático, empresario, ganadero, millonario o magnate.

Su verdadero nombre era José Roque Ramírez, pero pasó a la historia con un sobrenombre mucho más cinematográfico: El Águila Negra.

Su vida parece escrita para una novela. Nació en la pobreza rural cubana, conoció desde niño los horrores de la guerra, pasó buena parte de su juventud entre delitos y cárceles y terminó viajando por distintos continentes bajo identidades inventadas. A lo largo del camino se le atribuyeron estafas en Cuba, Haití, Argentina, Canadá y la Guayana Francesa, además de aventuras en numerosos otros lugares.

Sin embargo, acercarse a su historia exige cierta cautela. En torno al Águila Negra se mezclan documentos, testimonios familiares, investigaciones periodísticas y relatos que con el tiempo adquirieron características de leyenda. El periodista holguinero Ángel de Jesús Quintana Bermúdez dedicó una amplia investigación al personaje, recurriendo a archivos, familiares, correspondencia de uno de sus hijos y declaraciones que el propio Roque Ramírez ofreció mientras estaba preso.

De Tacajó a la Reconcentración de Weyler

José Roque Ramírez nació en Tacajó, Holguín, el 16 de agosto de 1887, según los datos del Registro Civil consultados por Quintana Bermúdez. Fue bautizado cinco meses después, el 17 de enero de 1888, en la Iglesia Mayor de San Isidoro de Holguín.

Su infancia estuvo marcada por uno de los períodos más difíciles de la historia cubana. Cuando estalló la guerra en 1895, su madre, Bruna Estelvina Ramírez Álvarez, trasladó a la familia desde Tacajó hasta Boca de Samá intentando escapar de los combates.

Allí otra tragedia golpeó a la familia: una epidemia de viruela. José era todavía un niño cuando, según la investigación de Quintana, tuvo que ayudar a cavar la tumba de una de sus hermanas.

Poco después llegó una desgracia todavía mayor. La política de Reconcentración implantada por el capitán general español Valeriano Weyler obligó a miles de campesinos cubanos a abandonar las zonas rurales. José tenía apenas nueve años cuando su familia fue trasladada a Cayo Bariay, convertido entonces en lugar de reconcentración.

Aquel niño que había nacido en la pobreza, vivido una guerra y conocido el desplazamiento forzado terminaría desarrollando una extraordinaria capacidad para sobrevivir y adaptarse.

Pero la utilizaría para el delito.

La cárcel y el hombre que cambió su vida

Su madre le enseñó a leer y escribir. Años después, todavía joven, Roque Ramírez comenzó a introducirse en actividades delictivas. Una de las primeras que se le atribuyen fue la circulación de billetes falsos de veinte dólares en Guantánamo.

Finalmente fue detenido y enviado a la Cárcel Provincial de Oriente, situada entonces en Marina número 12, Santiago de Cuba.

Allí ocurrió uno de los encuentros decisivos de su vida.

Conoció a Leonardo Tejeda Legón, un delincuente español originario de Cádiz que cumplía una larga condena y era conocido entre los presos como El Murciélago.

El veterano delincuente vio posibilidades en aquel joven y comenzó a enseñarle trucos con las cartas y técnicas para manipular y engañar a otras personas.

La relación entre ambos dio origen además a una de las historias más curiosas de la biografía del Águila Negra. Según la investigación de Quintana, antes de morir El Murciélago entregó al joven un grueso cinturón de cuero. Parecía un objeto sin demasiado valor, hasta que Roque descubrió que en su doble forro escondía decenas de monedas de oro.

Pero la enseñanza más importante no estaba dentro del cinturón. Roque había aprendido que para apropiarse del dinero ajeno no siempre era necesario utilizar la fuerza.

Podía conseguirse convenciendo a la víctima.

El hombre que estafaba desde la propia cárcel

La primera gran demostración de ese talento ocurrió en un lugar insólito: la propia prisión.

Roque comenzó a enviar cartas a hombres adinerados de distintas localidades cubanas. En ellas contaba una historia cuidadosamente construida sobre un oficial encarcelado que conocía el escondite de un enorme tesoro.

El problema era que aquel supuesto hombre necesitaba dinero para recuperar la libertad. Quien ayudara económicamente recibiría después una parte de la fortuna.

Roque incluso creó la apariencia de un verdadero bufete. Las cartas aparecían en papelería del supuesto doctor José Roque Ramírez, abogado.

Y proporcionaba una dirección profesional:

Marina número 12, Santiago de Cuba.

Había solamente un pequeño detalle.

Marina número 12 era la dirección de la cárcel desde donde enviaba las cartas.

La operación funcionó hasta que un juez municipal, después de haber invertido más de 3.000 pesos sin recibir las ganancias prometidas, viajó personalmente hasta Santiago de Cuba para localizar el supuesto bufete.

Terminó descubriendo que había estado enviando su dinero a un preso.

El engaño le costó a Roque una ampliación de su condena, aunque no permaneció encerrado durante todo el tiempo previsto. Durante el gobierno de Mario García Menocal consiguió un indulto y volvió a quedar en libertad.

Entonces su escenario dejó de ser una cárcel cubana.

Ahora sería el mundo.

Un hombre capaz de convertirse en quien necesitara

Roque Ramírez entendió algo fundamental para sus operaciones: antes de convencer a alguien de una mentira debía convencerlo de quién era él.

Comenzó a vestir elegantemente, viajar con comodidad y desarrollar modales propios de un hombre acostumbrado al dinero. Su conversación fácil, las generosas propinas y una enorme seguridad personal ayudaban a completar el personaje.

Dependiendo del país y de la víctima podía ser abogado, empresario, ganadero, diplomático o magnate.

Utilizó nombres como Castañón y Belisario Roldán, además de apodos como El Doctor, El Ingeniero o El Millonario.

Sus viajes, según las crónicas que reconstruyeron su trayectoria, llegaron a extenderse por ciudades como Barcelona, Londres, Manila, Shanghái, San Francisco, Buenos Aires y Ciudad de México.

El campesino de Tacajó se había convertido en un actor permanente.

Y sus escenarios eran cada vez mayores.

Argentina: caballos, más de mil toros y un joyero

En Bahía Blanca, Argentina, apareció bajo el nombre de Belisario Roldán y se presentó como un rico empresario petrolero.

Su apariencia y capacidad de persuasión le permitieron cerrar una operación extraordinaria: adquirió caballos de pura sangre y más de mil toros de raza, supuestamente destinados a una granja experimental que poseía en México.

Los animales fueron entregados.

El dinero nunca llegó.

Roque desapareció.

Las crónicas le atribuyen además otra operación antes de abandonar Argentina: habría estafado a un importante joyero de Buenos Aires por más de 60.000 dólares, una suma enorme para la época.

Pero ninguna de esas operaciones alcanzó la teatralidad de lo ocurrido posteriormente en Haití.

Haití y los 50 lingotes de oro

En Puerto Príncipe apareció convertido en Castañón, supuesto diplomático mexicano interesado en comprar grandes cantidades de café.

Su objetivo fue un caficultor francés de apellido Berard.

Después de ganarse su confianza, Roque le explicó que había descubierto algo extraordinario dentro de sus propiedades: un tesoro enterrado.

Utilizaron un detector de metales y comenzaron a excavar.

De la tierra aparecieron 50 lingotes aparentemente de oro.

Para comprobarlos, uno de ellos fue raspado y las limaduras fueron llevadas a analizar. El resultado parecía confirmar la increíble historia.

Era oro auténtico.

Berard quedó convencido.

Roque entonces sugirió que los lingotes fueran llevados a Nueva York, donde podrían venderse. Antes del viaje pidió al francés un adelanto de aproximadamente 30.000 dólares para otro supuesto negocio.

Berard aceptó.

Cuando llegó a Nueva York descubrió la verdad.

Los 49 lingotes que llevaba eran de bronce.

El único lingote auténticamente de oro era precisamente el que había sido utilizado para realizar la comprobación y había quedado en manos del Águila Negra.

Era una estafa construida no solamente sobre una mentira, sino sobre una pequeña verdad cuidadosamente colocada en el lugar adecuado.

Amor en Canadá y cartas en la Guayana Francesa

Las historias sobre Roque Ramírez siguieron creciendo. Una publicación de Correo de Cuba, basada también en la investigación sobre el personaje, recoge que en Canadá llegó a despojar de unos 250.000 dólares a una mujer mayor a la que había prometido amor eterno.

De ser cierta la historia en todos sus detalles, demuestra hasta dónde llegaba su capacidad para interpretar diferentes personajes. No siempre necesitaba un falso tesoro, una empresa inexistente o documentos comerciales. También podía utilizar las relaciones personales como instrumento de manipulación.

En la Guayana Francesa, las crónicas le atribuyen otra hazaña: habría conseguido sentarse a jugar a las cartas con el propio gobernador general de la colonia y terminar desplumándolo.

No todas las aventuras que se cuentan sobre él pueden comprobarse con el mismo nivel documental. Precisamente por eso, cuando se reconstruye su trayectoria, resulta importante distinguir entre lo documentado por sus investigadores y aquello que conocemos principalmente a través de relatos posteriores.

El día que eligió a la víctima equivocada

Durante años había conseguido engañar a comerciantes, empresarios, funcionarios y personas adineradas.

Pero en 1937 cometió un error.

En el Hotel Nacional de Cuba apareció nuevamente representando el papel de un multimillonario mexicano. Esta vez su objetivo era José Eleuterio Pedraza, entonces uno de los hombres más poderosos y temidos del aparato policial cubano.

Roque intentó engañarlo.

La operación salió mal.

El hombre que había pasado años estudiando a sus víctimas había escogido esta vez a alguien con recursos suficientes para perseguirlo.

El episodio terminó costándole otros dos años de prisión y marcó el comienzo de una etapa mucho más complicada de su vida.

México, persecuciones y una extradición que parecía inevitable

Roque regresó a México y en 1943 volvió a instalarse allí como un hombre aparentemente adinerado. Algunas crónicas aseguran que vivía en una lujosa residencia en Chapultepec y que llevaba consigo alrededor de 270.000 dólares.

Pero las autoridades cubanas seguían detrás de él.

Dos policías cubanos, Jacinto Hernández Nodarse y Luis Torres Catá, siguieron su pista. Las autoridades mexicanas llegaron a detenerlo en repetidas ocasiones mientras sus abogados conseguían retrasar el proceso de extradición.

Roque incluso intentó demostrar que era ciudadano mexicano.

La documentación presentada resultó falsa.

Finalmente fue recluido en la famosa prisión de Lecumberri y su extradición se hizo inevitable.

El 5 de agosto de 1944, un avión aterrizó en Rancho Boyeros, La Habana.

A bordo viajaba José Roque Ramírez.

El Águila Negra había regresado a Cuba, pero esta vez no voluntariamente.

Su destino fue el Castillo del Príncipe, donde pasaría la etapa penitenciaria más prolongada de su vida.

Batista y el segundo gran indulto

Todo parecía indicar que las aventuras internacionales del Águila Negra habían terminado.

Pero en 1953 recibió otro indulto, esta vez durante el gobierno de Fulgencio Batista. Según Álvaro Ramírez, hijo del propio Águila Negra, su padre recuperó la libertad en julio de ese año.

Algunas versiones atribuyen su liberación a gestiones de personas vinculadas al gobierno, pero no existe base suficiente para afirmar que el indulto fue comprado mediante sobornos. Por eso resulta más correcto limitarse al hecho comprobable: Roque Ramírez volvió a salir de prisión.

Después regresó a México con su familia.

El hombre que durante décadas había vivido cambiando nombres, profesiones y países comenzó finalmente a desaparecer de la vida pública.

El último secreto del Águila Negra

José Roque Ramírez murió en Ciudad de México en 1967, víctima de un derrame cerebral. Tenía alrededor de 80 años.

Pero ni siquiera su muerte terminó completamente con el misterio.

Su hijo Álvaro contó años después que su madre, fallecida en 1983, se había llevado a la tumba “el verdadero secreto” del Águila Negra.

Nunca quedó claro cuánto dinero llegó realmente a acumular durante décadas de estafas ni qué ocurrió finalmente con aquella supuesta fortuna.

Su historia tampoco puede reducirse al relato romántico de un pícaro que engañaba a millonarios. José Roque Ramírez fue un delincuente que causó pérdidas económicas reales a numerosas personas. Sin embargo, su trayectoria resulta históricamente fascinante por otra razón: demuestra hasta dónde podía llegar un hombre prácticamente sin educación formal gracias a una extraordinaria capacidad para observar, interpretar personajes y explotar la confianza ajena.

Nació como un humilde guajiro en Tacajó, Holguín, sobrevivió a la Reconcentración de Weyler, aprendió las artes del engaño dentro de una prisión y terminó recorriendo diferentes continentes convertido en aquello que necesitaba ser en cada momento.

Abogado cuando necesitaba parecer respetable. Diplomático cuando necesitaba autoridad. Empresario cuando necesitaba crédito. Millonario cuando necesitaba confianza.

José Roque Ramírez podía cambiar de nombre, profesión y país.

Pero la historia terminó recordándolo por uno solo:

El Águila Negra.

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