El 12 de mayo de 1960 no solo cerró un periódico. Ese día, en La Habana, se representó públicamente una escena que parecía absurda, pero que resumía con crudeza el nuevo rumbo del país: el entierro simbólico del Diario de la Marina, uno de los periódicos más antiguos e influyentes de Cuba.
La imagen era poderosa: un ataúd, consignas, una multitud movilizada y el mensaje de que una etapa de la prensa cubana estaba llegando a su fin. No se trataba únicamente de la caída de una empresa periodística. Era el aviso de que el espacio para la prensa independiente, crítica o simplemente no subordinada al poder revolucionario, comenzaba a desaparecer.
Un periódico nacido en la Cuba colonial
El Diario de la Marina comenzó a publicarse en La Habana en 1844 y llegó a conocerse como “el decano de la prensa cubana”. Su vida atravesó casi todas las etapas modernas de la historia nacional: la Cuba colonial española, las guerras de independencia, la intervención norteamericana, la República y los primeros meses de la Revolución de 1959. La Biblioteca Digital del Caribe conserva ejemplares del periódico, incluyendo el número del 12 de mayo de 1960.
Era un periódico conservador, vinculado durante largos períodos a sectores tradicionales de la sociedad cubana. Pero reducirlo solo a eso sería simplificar demasiado. Durante la República tuvo también un importante suplemento literario y cultural por donde pasaron nombres relevantes de la intelectualidad cubana e hispanoamericana. Investigaciones recientes señalan que, aunque la prensa republicana tenía problemas de corrupción, dependencia económica y vínculos políticos, también expresaba una pluralidad ideológica que luego desapareció.
La prensa cubana antes de 1959: plural, imperfecta y vulnerable
Antes de 1959, Cuba tenía uno de los sistemas de prensa más activos de Iberoamérica. Según estudios académicos, en la isla circulaban decenas de periódicos y revistas con tendencias muy distintas: conservadoras, liberales, comunistas, nacionalistas, católicas, comerciales y culturales.
Esa prensa no era perfecta. Durante la dictadura de Batista hubo censura, sobornos, presiones y subvenciones oficiales. Pero incluso con esas limitaciones, existía un ecosistema donde podían convivir publicaciones muy diferentes. Ese detalle es fundamental: la Revolución no heredó una prensa pura, pero sí heredó una prensa diversa. Y esa diversidad fue precisamente lo que terminó siendo incompatible con el nuevo poder.
La “coletilla”: el primer mecanismo de control
El golpe final no llegó de un día para otro. Primero vino la campaña de descrédito contra los medios considerados “burgueses” o “contrarrevolucionarios”. Luego aparecieron los boicots, las presiones sindicales, la quema pública de ejemplares, las dificultades económicas y finalmente la llamada “batalla por la coletilla”.
La “coletilla” era una nota impuesta al final de artículos o editoriales críticos, supuestamente escrita por trabajadores del propio periódico, para desacreditar el contenido publicado. Era una forma de censura indirecta: el periódico podía publicar, pero debía aceptar que dentro de sus propias páginas se le acusara de mentir o servir a intereses enemigos.
El problema no era solo la frase añadida. Era el principio: el poder político comenzaba a meterse dentro de la redacción y a decidir qué verdad era aceptable.
El cierre del Diario de la Marina
En mayo de 1960, la presión llegó al límite. El Diario de la Marina se negó a someterse completamente a ese mecanismo de control. Entonces sus instalaciones fueron ocupadas y el periódico dejó de circular. Investigaciones académicas ubican entre enero y mayo de 1960 el período decisivo en que desaparecieron los principales diarios republicanos, entre ellos Avance, Diario de la Marina, Diario Nacional, El Crisol, El País, Excelsior e Información.
El último director del periódico, José Ignacio Rivero, terminó saliendo al exilio, como otros directores y figuras de la prensa cubana de la época. Hypermedia Magazine recoge que, en ese proceso, marcharon al exilio directores de publicaciones como Avance, Diario de la Marina, Bohemia, Prensa Libre, Información y El Mundo.
El entierro simbólico
Lo más recordado de aquel episodio fue el acto teatral: el entierro simbólico del periódico. Se paseó un ataúd como si se estuviera sepultando al Diario de la Marina. Para sus enemigos, era una burla y una victoria. Para quienes entendieron el mensaje, era una advertencia.
El acto no fue simplemente ridículo. Fue pedagógico en el sentido más oscuro de la palabra: enseñaba públicamente qué pasaría con quien no se alineara. En las dictaduras, los rituales políticos sirven para disciplinar. El ataúd no solo representaba a un periódico. Representaba el entierro de una forma de ejercer la palabra pública sin obediencia absoluta.
Lo que vino después
El cierre del Diario de la Marina no fue un caso aislado. Para mayo de 1960, el mercado de prensa impresa independiente prácticamente había desaparecido. Algunas publicaciones dejaron de circular; otras fueron intervenidas y cambiaron radicalmente su línea editorial hacia la adhesión al nuevo gobierno.
La frase publicada por Prensa Libre el 13 de mayo de 1960, apenas un día después del cierre del Diario de la Marina, resume el clima de aquel momento: llegaba “la hora de la unanimidad”. Es decir, la hora en que todas las voces públicas debían repetir la misma consigna.
En pocos años, Cuba pasó de un sistema de prensa amplio, imperfecto y diverso, a un sistema de prensa controlado por el Partido-Estado. En 1965, con la creación de Granma, órgano oficial del Partido Comunista, quedó consolidado el nuevo modelo de prensa oficial.
Más que un periódico
Por eso el 12 de mayo de 1960 no debe recordarse solo como el cierre de un diario conservador. Debe entenderse como parte de un proceso mayor: la eliminación de la prensa independiente en Cuba.
El Diario de la Marina tenía sus sombras, sus intereses y sus contradicciones, como casi toda la prensa republicana. Pero su entierro simbólico marcó algo mucho más profundo que el final de una cabecera. Marcó el avance de una idea totalitaria: que la prensa no debía fiscalizar al poder, sino servirle.
Aquel ataúd no enterraba papel. Enterraba una posibilidad: la de disentir públicamente sin ser señalado como enemigo. Y cuando un país entierra sus periódicos, tarde o temprano termina enterrando también el derecho de sus ciudadanos a preguntar, criticar y pensar por cuenta propia.







