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¿Desapareció el racismo en Cuba después de 1959?

Una pregunta mucho más compleja de lo que parece

Cuando se habla del racismo en Cuba después de 1959, muchas veces el debate termina reducido a dos posiciones extremas: quienes afirman que la Revolución eliminó completamente la discriminación racial y quienes aseguran que nada cambió. Pero la realidad histórica cubana es mucho más compleja que cualquiera de esos dos extremos.

Antes de 1959 ya existían en Cuba médicos negros, abogados, maestros, militares, músicos, empresarios, deportistas y figuras políticas afrodescendientes con gran reconocimiento social. La República cubana produjo intelectuales negros importantes, profesionales respetados y personalidades que alcanzaron posiciones relevantes dentro de la sociedad. Figuras como Juan Gualberto Gómez, Martín Morúa Delgado o el propio general Antonio Maceo formaban parte del imaginario nacional mucho antes de la llegada de Fidel Castro al poder.

Sin embargo, al mismo tiempo también existían profundas desigualdades sociales y barreras raciales heredadas de la colonia y la esclavitud. Aunque legalmente Cuba no tuvo un sistema de segregación tan rígido como el sur de Estados Unidos, sí sobrevivían exclusiones silenciosas en determinados espacios sociales, económicos y recreativos. Había clubes privados donde los negros no podían entrar, prejuicios en contrataciones laborales, estereotipos muy marcados y sectores sociales donde el color de piel seguía influyendo en las oportunidades reales de ascenso.

La sociedad cubana vivía una contradicción constante: existían afrodescendientes exitosos y reconocidos, pero también persistía una estructura cultural donde lo blanco seguía asociado al prestigio social.


La Revolución y el discurso de igualdad racial

Tras el triunfo revolucionario, Fidel Castro comenzó a presentar el tema racial como uno de los grandes problemas heredados de la República. Desde los primeros años se impulsaron medidas que eliminaron barreras visibles en determinados espacios públicos y ampliaron enormemente el acceso a la educación, la salud y sectores laborales para las clases más pobres en general, incluyendo a gran parte de la población afrodescendiente.

Muchas personas negras y mestizas realmente experimentaron movilidad social durante las primeras décadas revolucionarias. La expansión educativa permitió que sectores históricamente más humildes llegaran a universidades y profesiones que antes resultaban mucho más difíciles de alcanzar para una parte importante de la población pobre cubana, independientemente de su color de piel.

Pero existe un detalle importante: el discurso oficial comenzó a sostener que el problema racial estaba prácticamente resuelto.

Y ahí comenzó una de las mayores contradicciones del tema.


El racismo dejó de discutirse públicamente

A partir de los años sesenta, hablar públicamente de racismo comenzó a convertirse en un asunto incómodo dentro de Cuba. La lógica oficial era sencilla: si el nuevo sistema había eliminado las desigualdades sociales más visibles, entonces el racismo debía desaparecer inevitablemente.

Por eso denunciar discriminación racial muchas veces podía interpretarse como “dividir al pueblo”, “hacerle el juego al enemigo” o importar conflictos raciales “propios de Estados Unidos”.

El problema es que las leyes pueden cambiar instituciones, pero no necesariamente mentalidades.

Mientras el tema desaparecía poco a poco del debate público, muchos prejuicios seguían sobreviviendo dentro de la vida cotidiana cubana.


El racismo que se volvió costumbre

Una de las características más complejas del caso cubano es que muchas expresiones racistas dejaron de verse como racismo porque terminaron convertidas en costumbre.

Frases como:

“tenía que ser negro”,
“adelantar la raza”,
“ese tiene pelo malo”,
“trabajar como un negro”,
“qué clase blanca se perdió ahí”,
o “es negro, pero inteligente”,

continuaron circulando durante generaciones como simples bromas, refranes familiares o formas populares de hablar.

Muchas veces quienes las repetían no se consideraban racistas. Para ellos era simplemente “la manera cubana de hablar”.

Pero detrás de esas expresiones seguía sobreviviendo una idea muy antigua: la asociación de lo blanco con lo positivo y lo negro con lo inferior, marginal o problemático.


El lenguaje y la asociación de “lo negro” con lo negativo

No es un fenómeno exclusivamente cubano. En gran parte del mundo occidental sobreviven expresiones como:

mercado negro,
día negro,
magia negra,
lista negra,
oveja negra.

Todas comparten una construcción simbólica donde “lo negro” aparece vinculado a algo negativo, peligroso o indeseable.

En Cuba, esa herencia lingüística terminó mezclándose además con siglos de esclavitud y jerarquías raciales heredadas de la colonia.

Por eso muchas expresiones aparentemente inocentes continuaron reforzando prejuicios sociales incluso sin intención consciente.


La canción de “¿Quién tiró la tiza?”

A inicios de los años 2000 comenzó a popularizarse en Cuba una canción infantil y humorística que decía:

“¿Quién tiró la tiza?”
“¡El negro ese!”

Muchos jóvenes la cantaban sin detenerse a pensar demasiado en su significado. Para algunos era simplemente un estribillo pegajoso o una broma escolar más. Pero el trasfondo de aquella frase resultaba bastante revelador: ante una travesura o un problema, el culpable automático terminaba siendo “el negro”.

Y quizás lo más interesante es que gran parte de la sociedad no lo veía necesariamente como racismo.

Precisamente ahí estaba el verdadero problema:
muchas formas de discriminación sobrevivían porque dejaron de percibirse como discriminación.


La televisión y los estereotipos raciales

Los medios cubanos también ayudaron durante décadas a consolidar determinados imaginarios raciales. En numerosos programas humorísticos, dramatizados y películas, los personajes negros aparecían frecuentemente asociados a:

la comicidad exagerada,
la marginalidad,
la delincuencia,
los empleos domésticos,
o la caricaturización religiosa.

Los santeros muchas veces eran representados como figuras cómicas o supersticiosas, mientras determinados personajes blancos aparecían vinculados con profesiones intelectuales o posiciones de autoridad.

Ese tipo de representación fue moldeando percepciones colectivas durante generaciones.

Incluso hoy muchas personas reconocen que, cuando imaginan automáticamente determinadas profesiones o roles sociales, suelen asociarlos inconscientemente a ciertos colores de piel.


El tema del “pelo malo” y “adelantar la raza”

Otro de los ejemplos más profundos del racismo cultural cubano fue la idea del llamado “pelo malo”. Durante décadas muchas familias asociaron el cabello afro o muy rizado con desorden o mala apariencia, mientras el cabello lacio se relacionaba con elegancia o “buena presencia”.

La frase “adelantar la raza” también reflejaba esa mentalidad heredada de siglos anteriores, donde acercarse físicamente a rasgos europeos era visto como una forma de ascenso social.

No era simplemente una cuestión estética. Era el reflejo de una jerarquía racial profundamente arraigada en la cultura cubana desde tiempos coloniales.


Entonces, ¿desapareció el racismo en Cuba?

La respuesta más seria probablemente sea que el racismo en Cuba cambió de forma, pero nunca desapareció completamente.

La Revolución sí transformó muchas estructuras sociales y amplió oportunidades para amplios sectores de la población cubana, incluyendo a numerosos afrodescendientes. Pero eso no significó automáticamente la desaparición del prejuicio racial dentro de la mentalidad colectiva.

Los estereotipos, expresiones populares y prejuicios culturales continuaron sobreviviendo durante décadas, muchas veces disfrazados de humor, costumbre o “simple manera de hablar”.

Y quizás ahí está precisamente una de las formas más difíciles de detectar el racismo:
cuando deja de verse como odio y comienza a parecer normalidad.

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