El 27 de octubre de 1969, Fidel Castro pronunció un discurso en el Teatro Chaplin de La Habana, actualmente conocido como Teatro Karl Marx, para anunciar el comienzo de la etapa masiva de la llamada Zafra de los Diez Millones. Aquella campaña pretendía alcanzar en 1970 una producción de diez millones de toneladas de azúcar, una cifra sin precedentes en la historia cubana que terminaría convirtiéndose en uno de los mayores experimentos económicos y políticos de la Revolución.
Durante su intervención, Castro planteó una pregunta que reflejaba hasta qué punto pretendía subordinar la vida cotidiana de los cubanos a aquella campaña: ¿dónde debían encontrarse los trabajadores durante la Nochebuena, el primero de enero y el aniversario de la Revolución? Los asistentes respondieron que debían estar cortando caña. Para el gobernante, trabajar durante aquellas fechas representaba una demostración de conciencia revolucionaria y una manera de rendir homenaje a quienes habían luchado por el proceso iniciado en 1959.
Sin embargo, detrás de aquella movilización existía una contradicción fundamental. Cuba se disponía a comprometer prácticamente todos sus recursos productivos para alcanzar una cifra que los propios especialistas habían considerado superior a las posibilidades reales de la industria azucarera.
Diez millones por decisión de Fidel Castro
La idea de producir diez millones de toneladas de azúcar no surgió de una evaluación técnica que demostrara la capacidad del país para conseguirlo. Según el testimonio de Selma Díaz, quien participó en los trabajos de planificación, los especialistas habían estudiado las condiciones de los 154 centrales azucareros existentes y estimado que Cuba podía alcanzar aproximadamente entre 8,2 y 8,3 millones de toneladas.
Los técnicos propusieron elevar el objetivo a 8,5 millones. Sin embargo, Fidel Castro planteó inicialmente nueve millones y posteriormente, en 1964, la meta fue aumentada a diez millones, sin que existiera un debate técnico suficiente que justificara semejante incremento.

La cifra terminó adquiriendo un significado político que superaba su dimensión económica. Alcanzar los diez millones debía demostrar la capacidad organizativa del socialismo cubano, la superioridad de la voluntad revolucionaria y la posibilidad de transformar la economía mediante la movilización de las masas.
El azúcar, que durante décadas había sido uno de los pilares de la economía nacional, volvió a ocupar el centro de la estrategia gubernamental. El objetivo era incrementar las exportaciones, obtener mayores ingresos y fortalecer las relaciones comerciales con la Unión Soviética. No obstante, la campaña se desarrolló bajo un modelo de planificación centralizada en el que las decisiones políticas terminaron imponiéndose sobre las limitaciones productivas.
Un país convertido en un inmenso cañaveral
Para alcanzar los diez millones, el Gobierno cubano movilizó una cantidad extraordinaria de recursos humanos. Trabajadores de fábricas, oficinas, centros educativos, instituciones estatales y unidades militares fueron incorporados a las labores agrícolas. Estudiantes, profesores, soldados y empleados de numerosos sectores participaron en jornadas de corte de caña, mientras las actividades habituales de muchos centros de trabajo quedaban subordinadas a las necesidades de la cosecha.
La Universidad de Florida señala que la campaña llegó a involucrar a casi medio millón de trabajadores voluntarios no remunerados. Otras investigaciones ofrecen cifras superiores cuando incluyen las distintas movilizaciones y la totalidad de los trabajadores participantes a lo largo del proceso.

El trabajo voluntario fue presentado como una expresión de compromiso revolucionario. Se organizaron brigadas, contingentes y competencias de productividad entre macheteros. La llamada emulación socialista estimulaba a los trabajadores a superar las normas de corte, aumentar sus rendimientos y competir por reconocimientos colectivos e individuales.
Los macheteros destacados eran exaltados como ejemplos de sacrificio y disciplina. Se utilizaron carnés de identificación, distintivos, reconocimientos y mecanismos de emulación para promover la participación. El esfuerzo físico adquirió una dimensión ideológica: cortar más caña no significaba solamente producir más azúcar, sino demostrar mayor entrega a la Revolución.
Aquella movilización también alcanzó a sectores culturales. Una investigación publicada por Cambridge University Press documenta la participación de bailarines de ballet en labores agrícolas, dentro del ideal revolucionario que pretendía vincular el trabajo intelectual y artístico con el esfuerzo físico del llamado hombre nuevo.
La propaganda de los diez millones
La campaña azucarera estuvo acompañada de un despliegue propagandístico que penetró prácticamente todos los espacios de la sociedad cubana. Los diez millones aparecían en periódicos, revistas, carteles, discursos, consignas y actividades culturales. La producción azucarera dejó de ser presentada exclusivamente como una actividad económica para convertirse en una batalla nacional.

La revista Bohemia publicó carteles, caricaturas y composiciones poéticas dedicadas a la zafra. En su edición del 2 de enero de 1970 apareció un poema relacionado con aquella movilización, mientras que el número del 16 de enero incluyó ilustraciones y propaganda sobre el esfuerzo azucarero. Diseñadores como Olivio Martínez participaron en la creación de carteles que contribuyeron a identificar visualmente la campaña.
Los periódicos difundían las cifras de producción y los avances de la cosecha. La propaganda insistía en la importancia del esfuerzo colectivo, la disciplina y la necesidad de cumplir los objetivos establecidos. Se promovían metas parciales y se presentaba la zafra como una responsabilidad compartida por toda la población.
El entusiasmo propagandístico contrastaba con las dificultades que comenzaban a manifestarse en los campos y los centrales azucareros. La movilización de trabajadores no especializados, los problemas de transporte, las limitaciones industriales y los retrasos en determinadas inversiones dificultaban el cumplimiento de los planes.
La propaganda podía movilizar voluntades, pero no aumentar por sí sola la capacidad de molienda de los ingenios ni resolver las deficiencias de infraestructura que arrastraba la industria.
Los experimentos agrícolas y las dificultades de la cosecha
La Zafra de los Diez Millones también estuvo acompañada de intentos por transformar aceleradamente los métodos de producción. Se ampliaron áreas cañeras, se realizaron inversiones en mecanización y transporte, y se experimentó con variedades de caña, sistemas de cultivo y formas de organización del trabajo destinadas a incrementar los rendimientos.
Sin embargo, muchas de estas iniciativas enfrentaron dificultades técnicas y organizativas. Algunas variedades requerían períodos de maduración superiores a los previstos, mientras que las inversiones en riego, carreteras y ferrocarriles no siempre estuvieron terminadas a tiempo. También existieron problemas con las cosechadoras mecánicas y con la preparación de numerosos trabajadores movilizados para realizar labores agrícolas especializadas.
El corte de caña constituía solamente una parte del proceso. Era necesario transportar rápidamente la materia prima hasta los centrales y procesarla antes de que perdiera calidad. El aumento del número de macheteros no garantizaba, por tanto, un incremento equivalente de la producción de azúcar.
La campaña terminó evidenciando las limitaciones de una estrategia que pretendía compensar mediante movilizaciones masivas las insuficiencias técnicas y estructurales de la economía.
Los diez millones que nunca llegaron
En mayo de 1970, cuando las dificultades de la cosecha ya eran evidentes, Fidel Castro reconoció públicamente que no se alcanzaría la meta anunciada. Finalmente, Cuba produjo aproximadamente 8,5 millones de toneladas de azúcar, la mayor cosecha registrada hasta entonces en el país, pero alrededor de un millón y medio de toneladas por debajo del objetivo establecido.

El incumplimiento tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de una cifra. Durante años se habían concentrado inversiones, transporte, combustible, maquinaria y fuerza laboral en función de aquella campaña. Numerosas actividades agrícolas e industriales quedaron afectadas por la desviación de recursos hacia la producción azucarera.
Los problemas económicos de Cuba no comenzaron con la zafra de 1970. Ya durante la década de 1960 existían dificultades relacionadas con la productividad, la planificación, la disponibilidad de bienes y las transformaciones introducidas en la estructura económica. Sin embargo, la concentración extraordinaria de recursos en la cosecha agravó aquellos desequilibrios.
Estudios económicos posteriores han señalado que el período comprendido entre 1966 y 1971 estuvo marcado por una importante contracción de la producción por habitante. La campaña azucarera constituyó uno de los episodios más representativos del voluntarismo económico que caracterizó aquellos años.
El 26 de julio de 1970, Fidel Castro reconoció públicamente el incumplimiento de la meta y los problemas provocados por la concentración de esfuerzos en la zafra. El discurso oficial comenzó entonces a presentar aquella experiencia como una oportunidad para aprender de los errores, a pesar de los elevados costos económicos y humanos que había supuesto.
El fracaso de una meta convertida en mandato político
La Zafra de los Diez Millones dejó una enseñanza que trasciende la historia de la industria azucarera cubana. Su fracaso no puede explicarse únicamente por dificultades agrícolas, problemas de transporte o deficiencias industriales. También estuvo relacionado con un sistema de decisiones en el que la voluntad política terminó imponiéndose sobre las advertencias de los especialistas.
La campaña movilizó a cientos de miles de personas, transformó temporalmente la organización del trabajo, ocupó los medios de comunicación y convirtió una cifra económica en símbolo de lealtad revolucionaria. Se escribieron poemas, se diseñaron carteles, se organizaron competencias entre macheteros y se pidió a los cubanos que sacrificaran incluso sus celebraciones familiares en nombre de los diez millones.
Pese a todo aquel esfuerzo, la meta nunca se cumplió. La economía terminó más desequilibrada y la experiencia quedó registrada como uno de los mayores fracasos de la planificación centralizada durante las primeras décadas de la Revolución.
El contraste entre el discurso del 27 de octubre de 1969 y los resultados de 1970 resume una contradicción fundamental: mientras los especialistas advertían sobre las limitaciones reales de la industria, el poder político insistía en una meta superior a esas posibilidades.
La historia de los diez millones no es solamente la de una cosecha que quedó por debajo de lo prometido. Es también la de un país movilizado alrededor de una decisión que sus propios dirigentes terminaron reconociendo como equivocada.
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