En Cuba hay dulces que se comen con la boca y otros que también se comen con la memoria. Las torticas de Morón pertenecen a esa segunda categoría. Para algunos son torticas; para otros, polvorones. Para muchos cubanos, sobre todo fuera de la isla, son una forma de volver por un instante a una cafetería, una estación de tren, una bandeja de dulces o una casa donde alguien las guardaba como si fueran parte de la familia.
Durante años se repitió que las torticas de Morón habían nacido en 1927, pero la historia parece ser más antigua. Investigaciones recientes han mostrado que ya en 1909 aparecían mencionadas en la prensa nacional cubana. Eso cambia la lectura del origen: no estamos ante un dulce creado de repente en los años veinte, sino ante una tradición que probablemente venía formándose desde finales del siglo XIX y que, para comienzos del XX, ya era reconocible fuera de Morón.
Serafina Valdés Gómez, la mujer detrás del símbolo
La tradición moronense atribuye la creación de las torticas a Serafina Valdés Gómez, conocida popularmente como Fina Echemendía. Su historia tiene algo de humildad, misterio y persistencia. Durante mucho tiempo se le llamó por el apellido de su esposo, Ladislao Echemendía Quesada, pero investigaciones posteriores señalaron que su verdadero apellido era Valdés Gómez.

Serafina no fue una repostera de vitrina elegante ni de gran establecimiento comercial. Su universo era mucho más sencillo: una casa humilde, un patio, una mesa de trabajo y un horno de barro. Allí elaboraba panes y dulces que comenzaron a ganar fama por su limpieza, su sabor y su textura. En esa escena doméstica, casi invisible para la gran historia, nació uno de los símbolos gastronómicos más recordados de Morón.
La imagen es poderosa: una mujer humilde, en una vivienda sencilla, haciendo con pocos ingredientes un dulce que terminaría viajando por Cuba. Esa es precisamente la fuerza de las torticas. No nacieron como producto de lujo, sino como una solución artesanal, económica y sabrosa.
Una receta sencilla con raíces profundas
La receta original era sorprendentemente simple: harina, azúcar, manteca de cerdo y una pizca de sal. Con el tiempo, algunas versiones incorporaron mantequilla, vainilla, anís, ralladura de limón o un toque de guayaba en el centro. Pero la base seguía siendo la misma: pocos ingredientes, buena mano y horno.
Esa sencillez conecta las torticas de Morón con una tradición repostera mucho más amplia. Su composición recuerda a los mantecados andaluces, a los polvorones españoles y a ciertas tortas secas castellanas elaboradas desde siglos atrás con harina, azúcar y grasa animal. En ese sentido, Serafina no inventó una fórmula completamente ajena al mundo conocido. Lo que hizo fue adaptar, cubanizar y fijar una versión local que terminó adquiriendo identidad propia.
Ahí está la clave. Muchas recetas tradicionales no nacen de una invención absoluta, sino de una transformación. Las torticas de Morón heredaron algo de la repostería española, pero en Cuba cambiaron de paisaje, de ingredientes, de manos y de significado. Dejaron de ser una simple variante de dulce seco para convertirse en una marca cultural de un pueblo.
Morón, azúcar y ferrocarril
Para entender por qué las torticas se hicieron famosas hay que mirar también la historia de Morón. A comienzos del siglo XX, la ciudad creció con fuerza por su ubicación estratégica, la expansión azucarera y el desarrollo ferroviario. Morón no era solo un punto en el mapa: era un lugar de paso, de comercio y de movimiento.
El ferrocarril fue decisivo. La terminal ferroviaria de Morón, inaugurada en 1924, llegó a ser una de las más importantes del país. La ciudad estaba conectada con redes de transporte, trabajadores, comerciantes y viajeros. Esa circulación permitió que un dulce local saliera de su entorno inmediato y comenzara a conocerse en otras regiones.
Las estaciones de tren eran, en aquel tiempo, mucho más que lugares para tomar un transporte. Eran espacios de venta, espera, intercambio y conversación. Allí se compraba café, pan, frutas, dulces y meriendas para el camino. En ese ambiente, las torticas encontraron un escenario perfecto.
De la casa al andén
El salto de las torticas desde el horno doméstico hasta la memoria nacional no ocurrió de un día para otro. Primero fueron un dulce apreciado en Morón. Luego comenzaron a aparecer en comercios, fondas, cafeterías y puntos cercanos al ferrocarril. Después llegaron los vendedores ambulantes, los viajeros y la repetición oral.
Un pasajero podía comprar torticas en Morón y llevarlas a otra ciudad. Un trabajador podía probarlas en una estación y recordarlas después. Un vendedor podía pregonarlas en calles y andenes. Así, poco a poco, el dulce empezó a viajar más rápido que su propia receta.
Ese proceso explica por qué las torticas de Morón terminaron siendo conocidas más allá de Ciego de Ávila. No fue solo por su sabor. Fue porque coincidieron con un momento en que Morón se movía, crecía y se conectaba con el resto del país.
¿Tortica o polvorón?
La pregunta sigue viva: ¿son torticas de Morón o polvorones? La respuesta depende mucho del lugar, de la familia y de la memoria de cada cubano. En algunas zonas se les llama polvorones por su textura seca y quebradiza. En otras, el nombre de torticas de Morón se mantiene como señal de origen e identidad.
La confusión no es un problema; al contrario, revela el camino cultural del dulce. Cuando una receta viaja, cambia de nombre, de forma y de interpretación. Lo importante es que, aunque se le llame de distintas maneras, la referencia a Morón conserva un peso especial. Ese nombre no solo identifica un tipo de dulce, sino una procedencia, una historia y una memoria colectiva.
El sabor de la nostalgia
En el exilio cubano, las torticas han adquirido otra dimensión. Ya no son solamente un dulce de merienda. Son una forma de nostalgia. Muchos cubanos las buscan en panaderías de Miami, Hialeah, Tampa o Madrid, aunque casi siempre aparece la misma frase: se parecen, pero no saben igual.
Esa diferencia no siempre está en la receta. A veces está en el contexto. No es lo mismo comer una tortica comprada en una panadería moderna que recordarla en una estación, en una cafetería cubana, en una bolsa de papel o en la casa de una abuela. La memoria también cambia el sabor.
Por eso las torticas de Morón son más que harina, azúcar y manteca. Son una experiencia cultural. Representan el ingenio de la cocina humilde, la influencia española adaptada a Cuba, el papel del ferrocarril en la circulación de productos locales y la capacidad de un pueblo para reconocerse en algo aparentemente pequeño.
Un patrimonio que merece conservarse
Hoy las torticas enfrentan el mismo problema que muchos productos tradicionales cubanos: la pérdida de ingredientes originales, el encarecimiento de la producción y la sustitución de componentes esenciales. La manteca de cerdo, que daba textura y sabor, muchas veces fue reemplazada por aceites u otras grasas. La calidad, el tamaño y la consistencia han variado con el tiempo.
Pero incluso con esas transformaciones, el símbolo resiste. Las torticas de Morón siguen apareciendo en conversaciones, recetas familiares, emprendimientos del exilio y recuerdos de quienes crecieron con ellas. Eso demuestra que el patrimonio gastronómico no vive únicamente en los libros ni en los museos. Vive también en la repetición de una receta, en el nombre que una familia conserva y en el orgullo de un pueblo por aquello que lo representa.
El dulce que puso a Morón en la memoria cubana
Las torticas de Morón nacieron de una cocina humilde, pero terminaron formando parte de la identidad cubana. Su historia une a una mujer trabajadora, una receta sencilla, una herencia española, una ciudad en crecimiento y un ferrocarril que ayudó a llevarlas por toda la isla.
Quizás ahí está su mayor valor. No son famosas por ser complicadas, sino por todo lo contrario. Son la prueba de que con pocos ingredientes también se puede construir memoria. Y de que, a veces, la historia de un pueblo no se cuenta solamente en monumentos, batallas o grandes discursos, sino también en un dulce redondo, quebradizo y sencillo que todavía muchos cubanos recuerdan con el mismo nombre: torticas de Morón.







