En la historia del atletismo cubano existen nombres que marcaron una época, pero pocos transformaron el prestigio internacional del deporte como Enrique Figuerola. Durante la década de 1960, cuando los 100 metros planos eran el escenario reservado para los hombres más veloces del planeta, un corredor santiaguero de apenas 1,67 metros desafió todos los estereotipos físicos y se convirtió en uno de los mejores velocistas del mundo.
Su carrera no solo estuvo llena de medallas. También cambió la percepción internacional del atletismo cubano y abrió un camino que, años después, recorrerían figuras como Alberto Juantorena, Ana Fidelia Quirot, Javier Sotomayor e Iván Pedroso. Figuerola fue el primer gran referente moderno de la velocidad cubana y uno de los atletas más consistentes de su generación.

De Santiago de Cuba a las pistas internacionales
Enrique Figuerola Camué nació el 15 de julio de 1938 en Santiago de Cuba. Curiosamente, sus primeros intereses deportivos no estuvieron en el atletismo, sino en el béisbol. Su extraordinaria rapidez llamó la atención de entrenadores que le recomendaron probar suerte en las pruebas de velocidad, una decisión que cambiaría su vida.
Muy pronto comenzó a destacar en las competencias nacionales. Mientras otros velocistas impresionaban por su estatura o potencia física, Figuerola desarrolló una combinación diferente: una técnica extremadamente refinada, una salida explosiva y una disciplina poco común para entrenar. Aquellas cualidades terminarían convirtiéndose en su sello personal.
El velocista que rompió los moldes
Durante muchos años se creyó que un campeón de los 100 metros debía ser alto, de piernas largas y con una enorme zancada. Figuerola era prácticamente todo lo contrario.
Con apenas 1,67 metros de estatura y alrededor de 67 kilogramos de peso, parecía tener desventaja frente a rivales mucho más corpulentos. Sin embargo, compensó esa diferencia con una de las mejores arrancadas del atletismo internacional. Su capacidad de reacción al disparo de salida era extraordinaria y rara vez perdía terreno en los primeros metros de carrera.
No era un corredor espectacular por apariencia física; era un atleta extremadamente eficiente. Esa eficiencia lo llevó a competir de igual a igual contra los mejores velocistas del planeta.
Roma 1960: el aviso de que había nacido una estrella
Los Juegos Olímpicos de Roma fueron la primera gran vitrina internacional para Figuerola.
En la final de los 100 metros planos terminó en un meritorio cuarto lugar, quedándose a muy poco del podio. Para muchos fue simplemente un buen resultado, pero para el atletismo mundial significó la aparición de un nuevo velocista capaz de disputar las finales olímpicas frente a las grandes potencias.
Aquella actuación confirmó que Cuba ya tenía un corredor capaz de competir por medallas.
Tokio 1964: la carrera que cambió la historia
Cuatro años después llegó el momento que inmortalizaría su nombre.
En la final olímpica de los 100 metros en Tokio, Figuerola enfrentó a uno de los velocistas más extraordinarios de todos los tiempos: el estadounidense Bob Hayes, considerado por muchos el hombre más rápido del planeta.
Durante buena parte de la carrera, el cubano estuvo al frente gracias a su formidable salida. Solo en los últimos metros Hayes logró remontar con una velocidad final impresionante para quedarse con el oro y establecer un récord olímpico. Figuerola cruzó la meta en segundo lugar y obtuvo la medalla de plata.
Aquella plata tuvo un significado enorme. Fue la primera medalla olímpica conseguida por un atleta cubano en pruebas de pista y campo y convirtió a Figuerola en uno de los grandes símbolos del deporte nacional.

El primer cubano en igualar un récord mundial
La temporada de 1967 confirmó que Figuerola seguía entre los mejores velocistas del planeta.
En Budapest igualó la marca mundial vigente de los 100 metros al registrar 10,0 segundos manuales, convirtiéndose en el primer atleta cubano en alcanzar oficialmente un récord mundial en atletismo. Aunque posteriormente los sistemas electrónicos modificarían la forma de homologar las marcas, aquel registro quedó como uno de los mayores hitos del deporte cubano.
México 1968 y una nueva medalla olímpica
En los Juegos Olímpicos de México volvió a demostrar su enorme nivel competitivo.
Aunque no logró subir al podio en los 100 metros individuales, integró el relevo cubano de 4×100 metros junto a Hermes Ramírez, Juan Morales y Pablo Montes. El cuarteto conquistó la medalla de plata detrás de Estados Unidos y estableció un récord nacional de 38.40 segundos. Aquella actuación confirmó que Figuerola seguía siendo uno de los referentes mundiales de la velocidad.
Mucho más que dos medallas olímpicas
Reducir la trayectoria de Enrique Figuerola a sus dos preseas olímpicas sería injusto.
Fue campeón panamericano de los 100 metros en São Paulo 1963, además de obtener medallas en Juegos Panamericanos, Juegos Centroamericanos y del Caribe y Universiadas Mundiales. Durante aproximadamente una década dominó la velocidad cubana, estableciendo numerosos récords nacionales y representando al país en las principales competencias internacionales.
Su mejor marca electrónica en los 100 metros fue de 10.23 segundos, un registro extraordinario para la época.

Un legado que sigue vigente
Cada generación necesita un pionero. En el atletismo cubano, ese pionero fue Enrique Figuerola.
Antes de que Cuba comenzara a acumular campeones olímpicos y mundiales, él demostró que un corredor cubano podía mirar de frente a las grandes potencias de la velocidad. Su técnica, disciplina y fortaleza mental rompieron paradigmas y colocaron el nombre de Cuba entre las naciones respetadas del atletismo internacional.
Hoy sigue siendo recordado como “El Fígaro”, un apodo que terminó convirtiéndose en sinónimo de velocidad, elegancia y constancia. Más de medio siglo después de sus mejores carreras, su historia continúa inspirando a quienes creen que el talento, acompañado de preparación y disciplina, puede superar cualquier desventaja física.







