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Pello el Afrokán: el creador del Mozambique

Mucho antes de que Cuba conociera a Pello el Afrokán, existía Pedro Izquierdo Padrón. Nació el 7 de enero de 1933 en Jesús María, uno de los barrios habaneros donde la rumba, la percusión y las expresiones culturales de raíz africana formaban parte del ambiente cotidiano. A los doce años ya había comenzado su carrera artística y en 1945 actuó en el Teatro Martí junto a sus hermanos Gilberto y Roberto.

Su formación como percusionista tuvo mucho de aprendizaje directo. En una entrevista publicada en 1965, Pello recordaba que nadie le había enseñado formalmente a tocar la tumbadora: comenzó experimentando por sí mismo hasta dominarla y terminar enseñando a otros. Su vida, además, no transcurría únicamente entre escenarios. Trabajó como tapicero y decorador de interiores antes de que el éxito musical transformara completamente su existencia.

Hasta su nombre artístico tenía una historia. Según aquella misma publicación de 1965, “Pello” era un apodo que conservaba desde niño; “Afro” aludía a África y “kan” procedía de la última sílaba de Cubanacán, donde había trabajado como percusionista y profesor de ritmo.

Enrique Bonne y el antecedente que ayudó a encender la idea

El Mozambique no surgió de la nada. Antes de su aparición, el músico santiaguero Enrique Bonne había trabajado con una gran formación de percusión conocida como Tambores Orientales. Su presentación en los carnavales habaneros impresionó a Pello y aparece señalada por investigadores como un antecedente importante de sus experimentaciones posteriores.

Pello comenzó a desarrollar su propia concepción de una gran agrupación de tambores, pero fue construyendo una sonoridad diferente. La percusión masiva se combinaría con campanas y una poderosa sección de metales en la que los trombones adquirieron especial protagonismo. El resultado terminaría teniendo una identidad inmediatamente reconocible.

¿Qué era realmente el Mozambique?

Pello no se limitó a tomar una conga y cambiarle el nombre. El Mozambique combinaba elementos procedentes de distintas tradiciones de la música cubana. Los estudios musicológicos identifican relaciones con la rumba, la conga, los toques iyesá y las grandes formaciones instrumentales utilizadas tradicionalmente en comparsas y carnavales. Sobre una intensa estructura polirrítmica aparecían melodías interpretadas fundamentalmente por trombones y trompetas.

El propio Pello explicaba su creación como una combinación de golpes que había estudiado pacientemente. Incluso desarrolló una disposición específica para sus tambores. Una publicación de mayo de 1965 describía cuatro tambores principales afinados en registros diferentes —agudo, semiagudo, grave y semigrave— y señalaba que Pello concebía originalmente un quinto tambor para determinados efectos.

Es precisamente ahí donde está una de las claves de su importancia. Pello tomó materiales que ya existían dentro del enorme universo rítmico cubano, los reorganizó, añadió una sonoridad instrumental particular y construyó alrededor de ellos una nueva propuesta musical y danzaria.

1963: nace públicamente el Mozambique

Existe cierta confusión porque muchas historias sitúan el nacimiento del Mozambique directamente en 1964. Sin embargo, las investigaciones más detalladas colocan su presentación pública en julio de 1963, mientras que 1964 corresponde a su verdadera explosión nacional.

Pello había experimentado anteriormente con el formato de orquesta de tambores, pero fue entonces cuando su propuesta comenzó a adquirir nombre propio. Lo que inicialmente era una innovación musical estaba a punto de transformarse en un fenómeno social.

1964: Cuba se contagia con el Mozambique

El momento decisivo llegó con los carnavales habaneros de 1964. Pello participó en el montaje musical de la comparsa de la Federación Estudiantil Universitaria. El Mozambique bajó por la escalinata de la Universidad de La Habana, recorrió La Rampa y terminó convirtiéndose en uno de los acontecimientos musicales de aquel año.

A partir de ahí ocurrió algo mucho mayor que el éxito de una canción. El Mozambique entró en la radio, la televisión, los discos, los carnavales y las pistas de baile. Una publicación cubana de 1965 lo describía ya como el nuevo eslabón de una cadena de éxitos bailables en la que aparecían la rumba, la conga, el mambo y el chachachá. Incluso reconocía que mientras algunos escépticos pronosticaban que aquella moda desaparecería rápidamente, los cubanos estaban demasiado ocupados bailándola como para discutirlo.

No era solamente música: también había que saber bailarlo

Parte de la genialidad comercial y popular del Mozambique fue que Pello no presentó únicamente una estructura musical. El nuevo ritmo llegó acompañado de pasos de baile.

Las investigaciones sobre los carnavales de 1964 señalan que la coreografía de la comparsa universitaria fue concebida por el bailarín Silvano Menéndez a partir de los pasos indicados por el propio Pello. De esa manera, música, percusión, espectáculo y movimiento corporal funcionaban como una misma propuesta.

Pello se convirtió además en un personaje visualmente reconocible. Su manera de vestir, bailar y dirigir aquella enorme maquinaria de percusión formaba parte del espectáculo. El Mozambique no solamente se escuchaba: se veía.

María Caracoles y las canciones de una época

De aquella etapa salieron composiciones como “Ileana come chocolate”, “Camina como cómico” y, especialmente, “María Caracoles”. Esta última terminaría teniendo una segunda vida fuera de Cuba gracias a la interpretación de Eddie Palmieri, que contribuyó decisivamente a su difusión internacional.

El fenómeno llegó a tal nivel que otros compositores y agrupaciones comenzaron también a grabar mozambiques. La difusión fue tan intensa que un estudio musicológico posterior habla directamente de una “saturación” del género en la radio, la televisión y las grabaciones cubanas.

Eso permite entender la magnitud del fenómeno: durante un período, Mozambique dejó de significar solamente el nombre de un país africano para convertirse, para millones de cubanos, en el nombre del baile del momento.

Del carnaval habanero al Olympia de París

El Mozambique tampoco quedó encerrado dentro de Cuba. En 1965, cuando el ritmo se encontraba en pleno apogeo, Pello llevó su propuesta a Europa y se presentó en el Olympia de París y otros escenarios europeos.

Años después volvería a aparecer en importantes escenarios internacionales. El Caribbean Cultural Center registra a Pello el Afrokán entre los artistas cubanos participantes en el International Expressions Festival de 1979 en Nueva York, una programación desarrollada en espacios como Carnegie Hall, Town Hall y Aaron Davis Hall y en la que también participaron Mongo Santamaría, Tito Puente e Ismael Miranda.

El ritmo creado en Jesús María había cruzado el Atlántico y llegado también a Nueva York.

¿Por qué desapareció la fiebre del Mozambique?

Aquí aparece una paradoja interesante. El Mozambique llegó a ser gigantesco, pero hoy no posee internacionalmente el mismo reconocimiento popular que el mambo o el chachachá.

Una razón es que su período como baile de moda fue relativamente corto. Entre 1964 y 1966 aparecieron casi simultáneamente en Cuba el Mozambique, el pilón y el pa’cá. La música popular cubana siguió evolucionando rápidamente y durante los años siguientes surgieron otras propuestas que desplazaron la atención del público.

Además, el enorme nivel de exposición que inicialmente impulsó al Mozambique también pudo contribuir a su agotamiento comercial. Cuando un ritmo está constantemente en radio, televisión, discos y espectáculos, la novedad inevitablemente comienza a desaparecer. El propio estudio musicológico citado anteriormente describe aquella difusión como una verdadera saturación.

Pero decir que el Mozambique desapareció sería incorrecto. Lo que desapareció gradualmente fue la fiebre colectiva por bailarlo.

El baile pasó; el ritmo sobrevivió

La influencia del Mozambique continuó fuera de su momento de máxima popularidad. Elementos de aquella concepción rítmica fueron absorbidos por músicos vinculados a la música afrocubana, la salsa y el jazz latino. Eddie Palmieri constituye uno de los ejemplos más conocidos de esa conexión.

Así ocurre muchas veces con los géneros musicales: desaparece la moda, pero queda el lenguaje que creó. El público puede dejar de llamar Mozambique a lo que baila mientras determinadas células rítmicas, formas de organizar la percusión o ideas instrumentales continúan circulando entre músicos de generaciones posteriores.

Pello antes de convertirse en historia

Pello siguió relacionado con la música y durante sus últimos años se dedicó también a la enseñanza. Para entonces ya ocupaba un lugar entre los grandes nombres de la percusión cubana, junto a figuras como Tata Güines, Patato Valdés, Los Papines y otros maestros que desarrollaron maneras personales de entender las tumbadoras y las raíces africanas de la música cubana.

Pedro Izquierdo Padrón murió en La Habana el 11 de septiembre de 2000, a los 67 años, víctima de cáncer. Fue enterrado en el Cementerio de Colón y su despedida se convirtió en un homenaje a la percusión y a la música afrocubana.

Habían transcurrido casi cuatro décadas desde aquel momento en que un percusionista habanero decidió juntar sonidos que conocía desde niño y convertirlos en algo diferente.

El legado del hombre que creó el Mozambique

Cuba ha producido géneros y ritmos que terminaron recorriendo prácticamente todo el planeta. Enrique Jorrín quedó asociado para siempre con la creación del chachachá; Dámaso Pérez Prado convirtió el mambo en un fenómeno internacional; Enrique Bonne creó el pilón, popularizado fundamentalmente por Pacho Alonso. Y en aquella extraordinaria sucesión de experimentos musicales de la Cuba del siglo XX aparece también Pedro Izquierdo Padrón.

Pello el Afrokán.

Su Mozambique tuvo algo que solamente alcanzan determinados fenómenos musicales: durante un instante consiguió que una generación identificara una época de su vida con un ritmo.

La fiebre pasó. El baile dejó de dominar las pistas. Otras músicas ocuparon su lugar.

Pero el tambor quedó.

Y detrás de aquel tambor quedó también el nombre de un cubano que convirtió siglos de herencia rítmica en algo nuevo y consiguió que durante los años 60 Cuba entera supiera exactamente qué significaba una palabra:

Mozambique.

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