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Los cinco entierros de José Martí: el largo viaje del Apóstol hasta Santa Ifigenia

osé Martí murió el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos, pero su cuerpo no encontró reposo definitivo hasta el 30 de junio de 1951. Entre una fecha y otra pasaron más de cincuenta años, varias exhumaciones, traslados, homenajes, olvidos parciales, decisiones sanitarias, proyectos republicanos y una lenta construcción simbólica de la memoria nacional cubana.

La historia de sus entierros no es solo una curiosidad fúnebre. Es también la historia de cómo Cuba fue reconociendo, poco a poco, el lugar que Martí debía ocupar en la conciencia pública. Primero fue sepultado casi como un cadáver de guerra bajo control español. Después fue identificado, trasladado, depositado en un nicho, colocado en una tumba más digna, movido provisionalmente durante la construcción de un mausoleo y, finalmente, llevado al monumento donde descansan hoy sus restos en el cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

La muerte en Dos Ríos y el inicio del peregrinaje

Martí cayó en combate el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos, en Oriente. Según investigaciones históricas sobre el recorrido de su cadáver, las fuerzas españolas recuperaron el cuerpo y lo condujeron bajo custodia militar. El cadáver fue trasladado primero hacia sitios cercanos como Demajagual y Remanganaguas, en medio de un contexto de guerra y de intentos mambises por recuperarlo.

El cuerpo de Martí no fue tratado desde el inicio como el de una figura destinada al altar cívico de la nación. En aquel momento, para las autoridades españolas, era el cadáver de uno de los principales organizadores de la guerra independentista. Para los cubanos, en cambio, comenzaba a convertirse en una reliquia patriótica. Esa tensión entre control colonial y veneración nacional marca todo el primer tramo de esta historia.

Primer entierro: Remanganaguas, 20 de mayo de 1895

El primer entierro ocurrió el 20 de mayo de 1895 en el cementerio de Remanganaguas, actualmente asociado al municipio de Contramaestre, en Santiago de Cuba. Allí el cuerpo fue sepultado de manera precaria, sin el ceremonial que después acompañaría sus restos. Varias fuentes coinciden en que fue el primero de los cinco enterramientos sucesivos de Martí.

La ruta funeraria martiana recuerda que el cadáver llegó a Remanganaguas en la mañana del 20 de mayo, fue llevado primero al fuerte de la localidad y luego recibió sepultura en el cementerio. También se ha señalado que el cuerpo fue enterrado sin ataúd y que encima de aquella sepultura se colocaron los restos de un militar español muerto en las acciones de Dos Ríos.

Este primer entierro resume la dureza del momento. Martí no descansó inicialmente en una tumba nacional, sino en una sepultura improvisada, bajo vigilancia enemiga y en plena guerra. Aun así, ese lugar quedó marcado para siempre como el primer punto de su peregrinaje funerario.

La exhumación y la identificación del cadáver

Pocos días después, las autoridades españolas ordenaron exhumar el cuerpo. El objetivo era trasladarlo a Santiago de Cuba y confirmar oficialmente su identidad. El estado de descomposición ya era avanzado, lo que dificultó los procedimientos médicos. En el recorrido aparecen nombres de médicos vinculados a la identificación del cadáver, entre ellos Pablo Valencia y Joaquín Castillo Duany.

El 23 de mayo se produjo la exhumación en Remanganaguas por orden del mando militar español. Luego el cadáver permaneció en el fuerte de la localidad hasta ser conducido hacia Palma Soriano, San Luis y finalmente Santiago de Cuba. La propia ruta del traslado muestra el valor estratégico y simbólico que ya tenía aquel cuerpo: no era simplemente un muerto más de la guerra, sino el cadáver de Martí.

Segundo entierro: Santa Ifigenia, 27 de mayo de 1895

El segundo entierro tuvo lugar el 27 de mayo de 1895 en el cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. El cadáver había llegado a la ciudad el día anterior y fue depositado en el nicho 134 de la galería sur.

Este entierro fue más formal que el de Remanganaguas, pero todavía estuvo lejos de ser el homenaje nacional que Martí recibiría décadas después. Cuba seguía en guerra, la República aún no existía y los restos del Delegado del Partido Revolucionario Cubano quedaban bajo las condiciones impuestas por el poder colonial.

Sin embargo, Santa Ifigenia entró desde ese momento en la historia martiana. A partir de 1895, ese cementerio santiaguero se convirtió en el escenario central de los sucesivos traslados, homenajes y reubicaciones de sus restos.

Tercer entierro: el templete de 1907

El tercer entierro se produjo el 24 de febrero de 1907. La causa inmediata fue una disposición sanitaria que ordenó la demolición de antiguos nichos del cementerio. Los restos de Martí tuvieron que ser movidos nuevamente, pero esta vez el traslado permitió construir un espacio más digno para el Apóstol.

Para levantar esa tumba se movilizaron personalidades cubanas de la época. Entre los nombres citados en estudios sobre el tema aparecen Francisco Pérez Carbo, Emilio Bacardí, José Bofill Cayol y el general Rafael Portuondo Tamayo.

Ese nuevo sepulcro fue inaugurado el 24 de febrero de 1907. Algunos textos lo describen como el primer “verdadero entierro” de Martí, no porque antes no hubiera sido sepultado, sino porque por primera vez se le dio una tumba pensada como homenaje nacional. También se menciona la presencia de su hijo, José Francisco Martí, conocido por el universo afectivo martiano como Ismaelillo.

En este punto, la memoria de Martí ya no dependía solo del recuerdo de sus compañeros de lucha. La República nacida en 1902 comenzaba a convertirlo en símbolo público, en figura de Estado y en fundamento moral de la nación.

Cuarto entierro: el Retablo de los Héroes, 8 de septiembre de 1947

Décadas después, el lugar de descanso de Martí volvió a cambiar. En los años cuarenta se impulsó con más fuerza la idea de construir una tumba monumental. El proyecto definitivo surgió en 1943, cuando ciudadanos santiagueros promovieron el movimiento “Pro una tumba digna del Apóstol Martí”. En 1945 el Senado aprobó fondos y se organizó un patronato. En 1946 se convocó un concurso nacional de arquitectura.

Como el nuevo mausoleo debía construirse en el área donde estaban los restos, fue necesario trasladarlos provisionalmente. El 8 de septiembre de 1947 se realizó el cuarto entierro, cuando los restos fueron llevados al Retablo de los Héroes, dentro del propio cementerio Santa Ifigenia. Allí permanecieron mientras avanzaba la construcción del mausoleo definitivo.

Este cuarto entierro tiene un carácter transitorio, pero es fundamental. Representa el paso entre la tumba republicana de 1907 y el gran monumento nacional de 1951. Martí dejaba de estar en una tumba importante para entrar en la antesala de un mausoleo concebido como arquitectura de Estado, memoria patriótica y símbolo nacional.

Quinto entierro: el Mausoleo de Santa Ifigenia, 30 de junio de 1951

El quinto y último entierro ocurrió el 30 de junio de 1951, cuando los restos de José Martí fueron colocados definitivamente en el mausoleo construido en Santa Ifigenia. La víspera, el 29 de junio, los restos fueron colocados en una nueva caja metálica y trasladados al Gobierno Provincial de Santiago de Cuba, donde recibieron honores y fueron velados durante la noche.

El mausoleo fue inaugurado oficialmente el 30 de junio de 1951, durante el gobierno de Carlos Prío Socarrás. Su diseño resultó del concurso convocado en 1946 y fue obra de los arquitectos Jaime Benavent y Rodulfo Ibarra, con colaboración de Pedro Santí.

La obra no fue pensada solo como tumba. Es un conjunto simbólico. Su estructura principal tiene forma hexagonal, está rodeada por cariátides que representan las seis provincias cubanas de la época y contiene elementos asociados a la vida, la obra y el pensamiento martiano. También se ha destacado que la luz natural entra de forma que alude a la idea de Martí de morir “de cara al sol”.

Desde entonces, el mausoleo de Santa Ifigenia se convirtió en uno de los sitios de mayor solemnidad de la memoria cubana. Allí Martí dejó de ser un cuerpo trasladado de un lugar a otro para convertirse en presencia permanente dentro del paisaje histórico de la nación.

Más que cinco entierros: una disputa por la memoria

Los cinco entierros de José Martí muestran una evolución profunda. En 1895, su cadáver fue tratado dentro de la lógica de la guerra. En 1907, la República comenzó a darle una tumba más acorde con su significado. En 1947, sus restos fueron movidos para preparar una obra monumental. En 1951, finalmente, se completó el tránsito hacia el mausoleo definitivo.

Ese recorrido habla de Martí, pero también habla de Cuba. Habla de una nación que necesitó tiempo para construir una forma material de veneración. Habla de cómo los símbolos no nacen completos, sino que se forman entre disputas, decisiones políticas, homenajes, negligencias, rescates y actos públicos.

Por eso la historia de sus cinco entierros no debe verse como una simple rareza. Es una metáfora de la propia historia cubana: un país buscando, entre guerras, repúblicas y memorias enfrentadas, dónde colocar a su figura más universal.

Conclusión: el descanso tardío del Apóstol

José Martí murió en 1895, pero su descanso definitivo llegó en 1951. Pasaron cincuenta y seis años entre Dos Ríos y el mausoleo de Santa Ifigenia. En ese tiempo, sus restos fueron sepultados, exhumados, identificados, trasladados y homenajeados varias veces.

El Apóstol, que en vida había pensado la independencia como una obra moral y política, tuvo después de muerto un destino igualmente cargado de significado. Su cuerpo recorrió el camino que Cuba misma recorrió para convertirlo en centro de su memoria nacional.

Cinco entierros fueron necesarios para que Martí encontrara su morada definitiva. Y quizás por eso, cada visita a Santa Ifigenia no es solo una visita a una tumba. Es una entrada al largo viaje de una nación alrededor de uno de sus símbolos más profundos.

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