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Cuba y Puerto Rico: la historia de dos banderas hermanas

Una bandera nacida en el exilio

La bandera de Puerto Rico, tal como la conocemos hoy, no nació en San Juan ni en algún campo de batalla de la isla. Su historia moderna se gestó en Nueva York, dentro del ambiente político de los exiliados antillanos que a finales del siglo XIX soñaban con la independencia de Cuba y Puerto Rico.

En aquellos años, Nueva York era mucho más que una ciudad de inmigrantes. Para los revolucionarios cubanos y puertorriqueños era un centro de conspiración, prensa, recaudación de fondos y organización política. Allí José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano en 1892, con el propósito principal de organizar la guerra necesaria por la independencia de Cuba, pero también con una mirada clara hacia Puerto Rico.

La causa antillana no se entendía como dos luchas completamente separadas. Cuba y Puerto Rico eran las últimas grandes posesiones españolas en el Caribe, y muchos independentistas veían sus destinos como parte de una misma aspiración histórica. Por eso no sorprende que la bandera puertorriqueña terminara naciendo como una especie de reflejo simbólico de la cubana.

La idea de invertir los colores

La pregunta más interesante no es solo por qué las banderas se parecen tanto, sino cuándo alguien pensó en tomar la bandera de Cuba y convertirla en la de Puerto Rico mediante una inversión de colores.

La versión más conocida atribuye esa idea a Antonio Vélez Alvarado, periodista, impresor e independentista puertorriqueño cercano a los círculos revolucionarios de Nueva York. Según su propio testimonio, un día de junio de 1892 se encontraba en su oficina de Manhattan observando una pequeña bandera cubana. Después de fijar la vista durante un rato, habría experimentado una ilusión óptica: el rojo del triángulo le pareció azul, y el azul de las franjas le pareció rojo.

De esa impresión visual habría nacido una idea política poderosa. Si cubanos y puertorriqueños iban a luchar como pueblos hermanos, sus banderas también debían ser hermanas. La nueva bandera no sería una copia sin sentido, sino una señal de unión: la misma estructura, pero con los colores invertidos.

Según esa tradición, Vélez Alvarado preparó un primer modelo con papeles de colores y luego llevó la idea a Micaela Dalmau, una puertorriqueña residente en Nueva York que habría confeccionado la bandera en tela. En una reunión posterior, la bandera habría sido presentada ante varios patriotas, entre ellos José Martí y Francisco Gonzalo Marín, conocido como Pachín Marín.

Martí y los “dos pabellones”

Uno de los elementos que más fuerza le ha dado a esta versión es una crónica de José Martí publicada en el periódico Patria el 2 de julio de 1892. En ella, Martí menciona una reunión en casa de Antonio Vélez Alvarado y habla de haber estado “bajo los dos pabellones”.

Esa frase ha sido interpretada por algunos investigadores como una referencia a la presencia de la bandera cubana y la nueva bandera puertorriqueña. Sin embargo, el punto debe manejarse con cuidado. Martí no dejó allí una explicación detallada del diseño, ni escribió claramente que estuviera aprobando la bandera puertorriqueña actual. Lo que sí demuestra la crónica es el ambiente de fraternidad política entre cubanos y puertorriqueños en el exilio.

En otras palabras, Martí aparece en el contexto histórico de esa hermandad, pero no como el diseñador de la bandera. Su importancia está en el marco político: el Partido Revolucionario Cubano, Patria, las reuniones de exiliados y la idea de que la libertad de Cuba debía abrir también el camino de Puerto Rico.

La versión de Pachín Marín

La segunda gran versión señala a Francisco Gonzalo Marín, más conocido como Pachín Marín. Poeta, periodista y revolucionario puertorriqueño, Marín estuvo profundamente vinculado a la lucha cubana y llegó a combatir por la independencia de Cuba.

Según esta versión, la idea de adoptar la bandera cubana con los colores invertidos habría sido sugerida por Pachín Marín desde Jamaica. La atribución cobra fuerza por el testimonio de Juan de Mata Terreforte, figura importante del independentismo puertorriqueño y uno de los presentes en la reunión de adopción de la bandera.

Terreforte sostuvo años después que la propuesta de invertir los colores de la bandera cubana le fue sugerida por Francisco Gonzalo Marín en una carta escrita desde Jamaica. Según su relato, él llevó esa proposición ante los patriotas puertorriqueños reunidos en Chimney Hall, y allí fue aprobada por unanimidad.

Esta versión es importante porque conecta directamente la idea con el acto formal de 1895. No habla tanto de una inspiración visual o íntima, como en el caso de Vélez Alvarado, sino de una propuesta política llevada a una reunión organizada.

La versión de Manuel Besosa y Mima Besosa

Otra línea histórica menciona a Manuel Besosa, miembro de la directiva de la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. En esta tradición, Besosa aparece como una figura clave en la decisión o materialización de la bandera.

La versión se apoya en el testimonio de su hija, María Manuela “Mima” Besosa, quien habría cosido una pequeña bandera por encargo de su padre. De ahí surge la posibilidad de que Manuel Besosa hubiera tenido un papel importante en el diseño o en la presentación material de la bandera.

Esta hipótesis no necesariamente contradice por completo las otras. En los procesos revolucionarios del exilio, una cosa podía ser la idea inicial, otra la propuesta política y otra la confección física de la bandera. Por eso, más que buscar un único gesto aislado, conviene entender la bandera como resultado de un ambiente colectivo, donde varios independentistas pudieron intervenir en distintas etapas.

Chimney Hall: el momento decisivo

Más allá de las disputas sobre el autor intelectual, el momento más claro y documentado ocurrió el 22 de diciembre de 1895 en Chimney Hall, Nueva York. Allí se reunieron exiliados puertorriqueños vinculados a la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano y adoptaron oficialmente la bandera inspirada en la cubana, pero con sus colores invertidos.

Ese acto tuvo un significado profundo. No se trataba simplemente de elegir un emblema visual. Era una declaración política. Al adoptar una bandera tan cercana a la cubana, los independentistas puertorriqueños estaban diciendo que su causa formaba parte de una misma lucha antillana contra el dominio español.

La bandera de Lares, asociada al levantamiento de 1868, ya existía como símbolo del independentismo puertorriqueño. Pero en el contexto de 1895, la nueva bandera expresaba mejor la unión estratégica y emocional con la guerra cubana. Era una bandera para el exilio revolucionario, para la propaganda, para la movilización y para recordar que Puerto Rico no estaba solo.

Dos banderas, una misma esperanza

La bandera cubana tenía un triángulo rojo, una estrella blanca y franjas azules y blancas. La puertorriqueña tomó esa estructura y la transformó: triángulo azul, estrella blanca y franjas rojas y blancas.

Esa inversión no fue un simple detalle estético. Fue un lenguaje político. La bandera puertorriqueña reconocía a la cubana como hermana mayor en la guerra de independencia, pero al mismo tiempo afirmaba una identidad propia. Puerto Rico no desaparecía dentro de Cuba; se colocaba a su lado.

Por eso la historia de estas dos banderas no puede reducirse a una curiosidad de colores. Habla de exilio, de imprentas, de reuniones secretas, de poetas, periodistas, costureras, veteranos revolucionarios y hombres y mujeres que imaginaron un Caribe libre mucho antes de verlo realizado.

Una historia con varias voces

La pregunta de quién diseñó realmente la bandera de Puerto Rico sigue abierta. Antonio Vélez Alvarado representa la versión más simbólica y visual: la inspiración nacida al mirar la bandera cubana. Pachín Marín representa la versión política: la sugerencia enviada desde Jamaica y llevada a la reunión revolucionaria. Manuel Besosa y Mima Besosa representan la versión doméstica y material: la bandera cosida, preparada y convertida en objeto real.

Tal vez la respuesta más honesta sea reconocer que la bandera nació de una comunidad revolucionaria. Una idea pudo haber surgido en una oficina de Manhattan, otra pudo llegar en una carta desde Jamaica, y otra pudo tomar forma entre telas, agujas e hilos en una casa de exiliados.

Lo que sí quedó confirmado en la historia fue el mensaje: Cuba y Puerto Rico compartían una misma esperanza de libertad. Por eso sus banderas no solo se parecen. Se responden una a la otra.

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