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Teatro Payret: el coloso habanero que pasó del escenario a la gran pantalla

n pleno corazón de La Habana, rodeado por el Parque Central, el Paseo del Prado, el Capitolio y el Gran Teatro, el Payret ocupa una de las esquinas más reconocibles de la capital cubana. Su fachada pertenece desde hace décadas al paisaje sentimental de la ciudad, pero detrás de ese edificio existe una historia marcada por la ambición, la modernidad, los desastres y una extraordinaria capacidad para comenzar de nuevo.

El Payret no fue siempre el cine de líneas elegantes que recuerdan varias generaciones de cubanos. Antes de convertirse en una gran sala cinematográfica fue un teatro de ópera, un coliseo decorado de rojo, un edificio parcialmente destruido por las lluvias y el proyecto personal de un comerciante que terminó perdiendo su fortuna intentando hacerlo realidad.

Su trayectoria permite recorrer, prácticamente desde una misma esquina, la evolución de los espectáculos públicos en Cuba: desde la ópera y las compañías teatrales del siglo XIX hasta el cine comercial, los grandes estrenos y las modernas salas de la República.

Joaquín Payret y el deseo de construir un gran teatro

El origen del edificio se encuentra en Joaquín Payret, comerciante catalán establecido en Cuba que logró reunir una importante fortuna. A diferencia de otros empresarios que invertían únicamente buscando rentabilidad inmediata, Payret quiso transformar parte de su patrimonio en un proyecto cultural capaz de competir con el Teatro Tacón, considerado entonces uno de los grandes escenarios de La Habana.

Para reunir el capital necesario vendió propiedades vinculadas a sus negocios, entre ellas el conocido Café del Louvre, y adquirió un terreno situado en la antigua Alameda de Isabel II, actual Paseo del Prado. Era una ubicación privilegiada: una zona transitada, cercana a hoteles, cafés, paseos públicos y espacios frecuentados por la sociedad habanera.

La obra comenzó en 1876. El edificio original fue concebido como un teatro monumental, con estructura de cantería y ladrillos, techos de madera y elementos metálicos que representaban soluciones modernas para la arquitectura de la época. Algunas crónicas aseguran que se utilizaron piedras procedentes de las antiguas murallas de La Habana, demolidas parcialmente durante la expansión urbana de la ciudad.

Una construcción rodeada de contratiempos

La historia tradicional del Payret afirma que dos huracanes golpearon la obra antes de su terminación. El primero habría derribado parte de los muros cuando todavía se encontraban a poca altura. El segundo habría causado nuevos daños cuando la construcción estaba mucho más adelantada.

Este episodio se repite en numerosas crónicas y reconstrucciones históricas, pero debe manejarse con precaución. No todas las fuentes ofrecen fechas exactas ni documentos técnicos de la obra, y algunos relatos posteriores incorporan detalles que resultan difíciles de comprobar. Lo más responsable es afirmar que la construcción sufrió daños provocados por temporales, sin convertir cada detalle transmitido por la tradición en una certeza absoluta.

También se relata que, en torno a la inauguración, ocurrió un incidente con el sistema de alumbrado de gas. Algunas versiones hablan de una fuga; otras mencionan el incendio de una tubería. La diferencia es importante: no parece haber suficiente documentación para afirmar que se produjo una gran explosión la misma noche de apertura. La formulación más rigurosa sería señalar que el sistema de gas presentó un incidente peligroso que pudo ser controlado antes de causar una tragedia mayor.

Existe además otra versión que sitúa un incendio relacionado con el gas en 1880, varios años después de la inauguración. Esa contradicción demuestra cómo las desgracias reales del edificio terminaron mezclándose con una narrativa popular que presentaba al Payret como un teatro perseguido por la mala suerte.

La inauguración del 21 de enero de 1877

Después de superar los obstáculos de la construcción, el Teatro Payret fue inaugurado el 21 de enero de 1877. La apertura incluyó una función benéfica relacionada con la Casa de Maternidad y Beneficencia. Poco después comenzó su programación regular con la ópera La favorita, de Gaetano Donizetti.

El nuevo teatro aspiraba a formar parte del circuito de grandes espectáculos de La Habana. En aquel momento, asistir a una función no era solamente consumir una obra artística. El teatro era también un espacio para relacionarse, exhibir posición social, debatir y participar de la vida pública.

El Payret entró así en competencia con otros escenarios importantes, especialmente el Tacón y el Albisu. El proyecto de Joaquín Payret pretendía demostrar que una iniciativa privada podía crear un coliseo moderno y atractivo en una ciudad donde la ópera y el teatro gozaban de una enorme popularidad.

Del Teatro de la Paz al Coliseo Rojo

Tras el Pacto del Zanjón de 1878, que puso fin a la Guerra de los Diez Años, el recinto fue llamado temporalmente Teatro de la Paz. El cambio de nombre reflejaba la costumbre de convertir los espacios culturales en símbolos de los acontecimientos políticos del momento.

También fue conocido como el Coliseo Rojo, debido al color dominante de sus decoraciones interiores. El rojo cubría cortinajes, tapizados y varios elementos ornamentales, creando una imagen lujosa y teatral que quedaría asociada a la memoria del edificio.

Sin embargo, ninguno de aquellos nombres terminó desplazando al apellido de su fundador. Con el tiempo, “Payret” dejó de designar únicamente a Joaquín Payret y pasó a nombrar una institución reconocida por generaciones de habaneros.

El derrumbe de 1882

La mayor tragedia de la primera etapa ocurrió en agosto de 1882. Tras fuertes lluvias, los desagües del edificio quedaron obstruidos y el agua comenzó a acumularse en las zonas superiores. El peso ejercido sobre una estructura ya vulnerable provocó el colapso de una pared maestra y el derrumbe de varios niveles interiores.

El accidente causó muertos y heridos. Las fuentes suelen mencionar tres fallecidos y alrededor de diez lesionados, aunque algunos relatos difieren en pequeños detalles. Entre las víctimas se encontraba Enrique Sagastizábal, vinculado a la construcción y administración del inmueble.

Este episodio no debe confundirse con una simple filtración de lluvia. Se trató de un fallo estructural grave provocado por el agua acumulada, la obstrucción del drenaje y la presión sobre partes fundamentales del edificio. El teatro quedó cerrado y su futuro pasó a depender de una reconstrucción costosa.

La ruina personal de Joaquín Payret

El derrumbe tuvo también consecuencias económicas devastadoras. Joaquín Payret había invertido una gran parte de su patrimonio en el teatro y no pudo afrontar las deudas, reparaciones y obligaciones fiscales que se acumularon después del desastre.

Finalmente, la Hacienda colonial intervino la propiedad. El edificio y sus terrenos pasaron por un proceso de incautación y subasta, mientras Payret veía desaparecer el proyecto al que había dedicado su fortuna. Según las crónicas biográficas, terminó sus últimos años dependiendo de la ayuda de la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Cataluña.

Su historia posee una dimensión profundamente humana. El hombre que soñó con levantar uno de los grandes teatros de La Habana no terminó beneficiándose de la posterior fama del edificio. El apellido sobrevivió, pero su fundador quedó arruinado por la misma obra que debía consagrarlo.

La reconstrucción y el regreso de los espectáculos

Después de la incautación, el inmueble fue adquirido por nuevos propietarios y reconstruido. Algunas fuentes identifican al empresario Anastasio Saaverio como una figura importante en esta nueva etapa. El teatro volvió a abrir sus puertas y recuperó gradualmente su posición dentro de la vida cultural habanera.

Durante las décadas siguientes, el Payret acogió ópera, zarzuela, teatro dramático, conciertos, bailes y otros espectáculos. Por su escenario pasaron artistas cubanos y extranjeros, aunque las listas que circulan en internet suelen mezclar actuaciones de distintas épocas y no siempre ofrecen fechas verificables.

Entre las figuras habitualmente relacionadas con el Payret aparecen Sarah Bernhardt, Anna Pávlova, Titta Ruffo, Esperanza Iris, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rita Montaner y Rosita Fornés. Más que reunirlos a todos en una misma supuesta época dorada, conviene entender que el edificio tuvo varias etapas artísticas y que cada generación encontró en él una programación diferente.

El Payret tampoco se limitó al entretenimiento. Como otros grandes teatros de su tiempo, acogió reuniones públicas, actos políticos, actividades obreras y acontecimientos sociales. En 1925, por ejemplo, el nombre del teatro apareció relacionado con el proceso contra Julio Antonio Mella, acusado entonces de colocar una bomba en el edificio, una imputación que formaba parte de la persecución política ejercida por el gobierno de Gerardo Machado.

La llegada del cine

El final del siglo XIX trajo una tecnología que modificaría para siempre la función del Payret. La sala fue una de las primeras de Cuba en presentar imágenes cinematográficas. Varias fuentes sitúan sus primeras exhibiciones en 1897, aunque la afirmación de que fue el primer teatro cubano en proyectar cine debe expresarse con cautela, pues hubo demostraciones y exhibiciones tempranas en otros espacios de La Habana.

Lo indiscutible es que el Payret se adaptó rápidamente al nuevo espectáculo. Al principio, el cinematógrafo compartía programación con números teatrales y musicales. Con el paso de los años, las películas ganaron espacio hasta transformar la identidad del recinto.

Este cambio representaba algo mayor que una modificación tecnológica. El teatro tradicional exigía compañías, músicos, decorados y funciones específicas. El cine permitía repetir una película, atraer públicos más amplios y participar en una industria internacional de distribución. El Payret pasó así de recibir espectáculos en vivo a convertirse gradualmente en una gran ventana cinematográfica.

La Catedral del Cine Español

Durante la década de 1930, el Payret consolidó su fama como sala cinematográfica. Su programación dio una presencia destacada a las producciones españolas y comenzó a ser conocido como La Catedral del Cine Español.

El sobrenombre no significaba que se proyectaran exclusivamente películas procedentes de España. Expresaba, sobre todo, el prestigio adquirido por el cine dentro de ese circuito cultural. Las producciones españolas, las películas musicales y las estrellas de habla hispana encontraban en el Payret una de sus vitrinas más importantes en La Habana.

En 1935 la sala fue arrendada y relanzada como cine, consolidando una transformación que ya llevaba años desarrollándose. En su marquesina comenzaron a dominar los grandes carteles, los nombres de actores y los anuncios de estreno. El antiguo templo de la ópera se adaptaba al lenguaje comercial y visual del siglo XX.

El ciclón de 1926 y el deterioro acumulado

Antes de consolidarse como gran cine, el edificio tuvo que enfrentar otro golpe importante. El ciclón de octubre de 1926 causó numerosos daños en La Habana y afectó también al Payret, especialmente a su cubierta y a distintas partes de la estructura.

Las reparaciones permitieron que continuara funcionando, pero el inmueble acumulaba transformaciones, reconstrucciones parciales y problemas que procedían desde el siglo XIX. Para finales de la década de 1940, el edificio necesitaba una intervención mucho más profunda.

No fue, por tanto, un único acontecimiento el que obligó a reconstruirlo. El deterioro fue el resultado de décadas de uso, temporales, modificaciones, reparaciones y nuevas exigencias técnicas relacionadas con la seguridad y la exhibición cinematográfica.

El nuevo Payret de 1951

La transformación más radical comenzó a finales de los años cuarenta. El viejo edificio fue demolido en gran parte y reemplazado por una estructura adaptada a las necesidades de una gran sala de cine moderna.

El nuevo Payret abrió en 1951. El proyecto fue realizado por la firma de arquitectos y contratistas Arellano y Batista, una de las más reconocidas de la arquitectura republicana cubana. Una publicación comercial de la época presentó el edificio como una obra equipada con modernos sistemas para teatro y cinematografía.

La nueva sala conservó una fachada de inspiración clásica, integrada al entorno monumental del Parque Central y el Capitolio. Su interior, en cambio, respondió a un lenguaje mucho más moderno, relacionado con el Streamline Moderne: líneas curvas, superficies limpias, iluminación indirecta y espacios diseñados para transmitir movimiento y sofisticación.

La reconstrucción no fue una restauración exacta del teatro de 1877. El Payret de 1951 era, en gran medida, un edificio nuevo que conservaba el nombre y la memoria del anterior. Esta distinción resulta fundamental para comprender su arquitectura: la imagen actual no representa de manera fiel el coliseo que Joaquín Payret inauguró en el siglo XIX.

La reapertura estuvo acompañada por una presentación de orquesta dirigida por Rodrigo Prats. Algunas fuentes señalan que la película de estreno fue Pequeñeces, producción española protagonizada por Aurora Bautista, Jorge Mistral y Sara Montiel. El dato encaja perfectamente con la tradición del Payret como punto de encuentro entre el público cubano y el cine español, aunque las fechas exactas de programación deben verificarse en carteleras de prensa antes de presentarlas como una cronología definitiva.

Un símbolo de la cultura cinematográfica cubana

Durante buena parte del siglo XX, asistir al Payret era mucho más que ver una película. La ubicación, la marquesina, el movimiento del Parque Central y la cercanía de otros grandes edificios convertían cada función en una experiencia urbana.

El público llegaba caminando, en tranvía, autobús o automóvil. Las noches de estreno llenaban las aceras de espectadores, vendedores, empleados y curiosos. La fachada iluminada dialogaba con las luces del Capitolio, los hoteles y los cafés cercanos.

En esa época, los grandes cines no eran espacios impersonales. Cada sala poseía una reputación, una programación y un público. El Payret estaba asociado al prestigio, los estrenos y la tradición. Su nombre continuó siendo reconocible incluso después de que aparecieran otros cines modernos en distintos barrios de La Habana.

El Payret después de 1959

Tras 1959, el edificio continuó funcionando como cine y espacio cultural bajo administración estatal. Recibió reparaciones en diferentes momentos, entre ellas intervenciones mencionadas en 1969 y 1981.

Sin embargo, la crisis económica de la década de 1990 afectó profundamente a las salas cinematográficas cubanas. La falta de mantenimiento, la escasez de recursos y el deterioro general de numerosos edificios públicos también alcanzaron al Payret.

Con el paso del tiempo, la sala cerró y quedó atrapada en un prolongado proceso de abandono. Su situación resultó especialmente llamativa porque se encontraba frente a edificios que sí recibieron restauraciones de gran escala, como el Capitolio y el Gran Teatro, y junto a la antigua Manzana de Gómez, convertida en un hotel de lujo.

Entre la memoria y la incertidumbre

La historia del Payret reúne una paradoja: pocos cines cubanos son tan reconocibles y, al mismo tiempo, pocos han permanecido tanto tiempo sin recuperar plenamente su función.

Su valor no depende solamente de la arquitectura actual. El edificio conserva la memoria de varias ciudades superpuestas: la Habana colonial de las óperas, la capital republicana de los tranvías y los grandes estrenos, la ciudad del cine masivo y la Habana contemporánea que lucha por conservar su patrimonio.

Llamarlo “teatro maldito” puede funcionar como recurso narrativo, pero también simplifica su historia. El Payret no sobrevivió por casualidad ni por una misteriosa fuerza sobrenatural. Sobrevivió porque distintos propietarios, arquitectos, artistas y públicos se empeñaron en reconstruirlo y adaptarlo cada vez que parecía haber llegado a su final.

Dos huracanes durante su construcción, un incidente con el gas, el derrumbe mortal de 1882, el ciclón de 1926 y la reconstrucción casi completa de 1951 forman parte de esa trayectoria. Sin embargo, algunos detalles proceden de tradiciones repetidas y no de documentos primarios plenamente localizados. Separar la historia comprobable de la leyenda no le quita dramatismo al Payret. Al contrario, permite apreciar mejor la verdadera dimensión de su resistencia.

El edificio que comenzó como el sueño personal de Joaquín Payret terminó perteneciendo a la memoria colectiva de Cuba. Pasó de la ópera al cinematógrafo, del Coliseo Rojo a la Catedral del Cine Español y del esplendor de las noches de estreno al silencio de una sala cerrada. Su historia continúa esperando un nuevo capítulo.

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